Tolerancia y democracia

Tolerancia y democracia

Cuando escribí este ensayo sobre la relación entre tolerancia y democracia, hace ya algunos años, lo hice con una mirada optimista derivada de un panorama político e intelectual que anunciaba grandes transformaciones en el sentido de un fortalecimiento democrático en todos los órdenes.

En el plano internacional, la denominada Guerra Fría había llegado a su fin con la derrota del equilibrio bipolar entre los sistemas socialistas con centralización estatal y ausencia de libertades civiles y políticas, y los sistemas democráticos con economías de mercado y derechos ciudadanos consagrados constitucionalmente.

Este proceso de cambios ilustraba, también, el desafío que los valores imponían a la comunidad de naciones a partir del agotamiento de la utopía social más grande de la historia y del final de la política después de las ilusiones.

Aparecía claramente la necesidad de una reconstrucción una sociedad cada vez más tolerante e incluyente, libre de desigualdades e injusticias, garante de las libertades públicas y privadas, capaz de tutelar la dignidad de las personas y sus derechos humanos.

Por otra parte, a nivel doméstico, también existían motivos para ese optimismo: el levantamiento armado en el sureste mexicano ‒con el que se venía a recordar enérgicamente la gran deuda histórica que como sociedad tenemos con los pueblos originarios y las comunidades indígenas‒ muy pronto encontró cauces pacíficos y políticos para expresar sus reclamos de equidad y no discriminación.

Por si fuera poco, nuestro proceso de democratización daba muestras muy firmes de su carácter irreversible, avanzando a cada reforma electoral e incluyendo nuevos actores políticos, para enraizar un sistema de renovación periódica del consenso a través de procesos electorales que brindaban mayor certeza, legalidad, independencia, imparcialidad y objetividad. Con el transcurrir del tiempo, ese optimismo original cedería su lugar al pesimismo de la razón. Diferentes fenómenos habrían de mostrar que la tolerancia, al igual que la democracia de la cual es un principio clave y su bien más precioso, tenía aún mucho camino por recorrer y debía enfrentar nuevos y poderosos desafíos.

El renacimiento del odio racista, la creciente xenofobia y la misoginia, el continuo rechazo a los diferentes, el auge de los movimientos de extrema derecha y del supremacismo blanco, el duro rechazo a los migrantes, la persistencia de la judeofobia y de su contraparte, la islamofobia, la discriminación agravada de amplios sectores de la población, las nuevas dimensiones de la exclusión social con desarrollos no sólo cuantitativos sino sobre todo cualitativos, así como la persistencia de la violencia, el terror y el miedo, entre otros fenómenos, demostraban lo poderosas que aún son las distintas formas de intolerancia y que además forman parte constitutiva de nuestra realidad cotidiana.

En este periodo se desarrollaron nuevos contextos culturales, sociales y políticos que hacen prever tiempos de oscuridad. Para complicar la situación, es evidente que nuestros líderes se encuentran huérfanos de ideales y se presentan incapaces de ofrecer alternativas creíbles sobre el rumbo que seguirán nuestras sociedades. Debemos reconocer que los modelos ideológicos y políticos, así como los paradigmas jurídicos y culturales a través de los cuales interpretábamos la realidad circundante se encuentran en crisis sin que se ofrezcan soluciones alternativas. En este contexto de progresiva intolerancia y fortalecimiento de los prejuicios, los estigmas y las exclusiones, se desarrolla continuamente el odio, el rechazo, la censura y la discriminación agravada.

Las intolerancias van ganando la batalla mostrando su capacidad para movilizar grandes grupos sociales y reclutar numerosos seguidores. Ella anida en la mente de los grupos humanos fortaleciendo su identidad con ayuda de la demagogia populista.

La intolerancia adquiere poder a través de elementos simbólicos e idiosincrasias que permean amplios sectores de la población. Se apoya en teorías conspiratorias que involucran una amalgama de estrategias y estilos organizativos, objetivos y finalidades, ideologías y doctrinas.

Es una construcción social y cultural que considera determinante una preeminencia social, genética o material de unos grupos sobre otros. Estos movimientos han abandonado las viejas teorizaciones de pensadores como Joseph Arthur de Gobineau o Houston Stewart Chamberlain, quienes desarrollaron teorías sobre la intolerancia sustentadas en la superioridad racial, adoptando argumentos de pureza social vinculados a los problemas de los así llamados “límites de la convivencia”.

Una fuente de inspiración para los nuevos conglomerados ha sido la muy discutida obra del ideólogo del neonazismo clásico William Luther Pierce, quien relata una violenta guerra racial que denomina “la gran revolución para una nueva era” en Estados Unidos. Es una lucha contra el sistema que tiene por objetivo el exterminio de toda la población judía y no blanca.

La intolerancia busca siempre avanzar provocando exclusiones y legitimando ideologías que afectan los derechos de las personas en las distintas esferas de la vida pública. No se debe olvidar que la tolerancia surgió durante los siglos XIV al XVI como rechazo a las frecuentes persecuciones religiosas.

A lo largo del siglo XVII se transformó en un concepto jurídico relativo a la autodeterminación personal, y durante los siglos XVIII al XX se convirtió, junto con los principios de libertad e igualdad, en uno de los valores constitutivos del proyecto político de la modernidad. Desde entonces, la tarea de la tolerancia ha sido sustituir la violencia física o verbal como método para la solución de los conflictos a través de la persuasión y el diálogo.

Tolerar no significa renunciar a las propias convicciones, sino defenderlas y difundirlas sin por ello ser censurados y amenazados por los autoritarismos. El siglo XX fue el siglo del odio por los genocidios que produjo, mientras que el siglo XXI amenaza con seguir el mismo camino cancelando libertades y derechos ya conquistados.

La tolerancia se sustenta en la igualdad democrática porque en una sociedad tolerante lo respetado son las ideas y las creencias, pero también y sobre todo, las personas mismas. Además, representa un proyecto de laicización porque invita a pensar libremente sin las ataduras que produce el miedo servil frente al poderoso. Cuando la tolerancia transitó de la moral a la política impuso a los ciudadanos un código de conducta civil para crear el buen gobierno o gobierno de las leyes, distinguiéndolo del mal gobierno o gobierno de los individuos.

No obstante, y a pesar de estas conquistas, no se ha logrado evitar que al interior de la democracia surjan nuevas tendencias antidemocráticas que buscan cancelar los derechos alcanzados. Algunos exigen límites a la tolerancia y a las libertades de los individuos argumentando que atentan contra la estabilidad del sistema; otros reclaman el control de cualquier forma de disidencia intelectual o política.

Urge recordarles que la democracia incluyó a la tolerancia como un valor esencial de la convivencia humana, reconociéndola como la solución apropiada para los diferentes conflictos individuales y colectivos que naturalmente existen en las sociedades.

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