Esferas de la democracia

Esferas de la democracia

Mucho ha pasado en el campo democrático desde que se publicó este cuaderno. Entonces vivíamos trepados en la ola de la ilusión.

Hoy cunde la resaca. La democracia liberal vive bajo asedio. Si revisamos los textos académicos que se han publicado en los últimos años, si nos acercamos a la prensa en todos los rincones del mundo, percibiremos alarma apocalíptica: la democracia muere o agoniza.

El gran problema, dice el politólogo inglés David Runciman, es que la democracia vive y se alimenta de su propia crisis. Es la crítica de sí misma la que la mantiene a flote. Por eso resulta difícil aquilatar el desafío de nuestros días. Sin caer en la tentación de pensar que vivimos los últimos días de su reinado, habría que reconocer que tiene hoy desafíos extraordinarios. Encuentro tres fuentes para la alerta.

En primer lugar, la impotencia de la democracia para encarar los grandes retos del día. En todos los continentes aparecen signos de esta debilidad directiva. Votamos por gobiernos que tienen las manos atadas. Quienes en verdad deciden por nosotros no han sido elegidos por nadie.

La segunda es la crisis de la verdad. ¿Cómo puede recrearse la conversación democrática si perdemos los asideros de lo confiable, si no hay aprecio por el dato, si el engaño no merece repudio? ¿Es compatible la democracia con el cinismo generalizado? La tercera es el imperio de lo inmediato.

No se concede hoy tiempo alguno para la maduración de las políticas. Si la siembra no produce frutos al día siguiente, no vale. Se asoman por ello ofertas de mando no democrático: gobiernos enérgicos que desoyen la crítica y no se detienen ante los obstáculos del procedimiento. El autoritarismo recobra poder de seducción.

Sigo creyendo que la democracia no es una canica. Decirlo hoy es tal vez más importante que antes porque, precisamente bajo ese embrujo autocrático, se ha extendido la tentación de simplificar el régimen, de atarlo a uno solo de sus impulsos, de rechazar las tensiones que amparan su salud.

La democracia es un régimen complejo porque son muchas las tradiciones políticas que ahí desembocan. Es el deseo de identificación, es una competencia que castiga y premia, un entrenamiento de liderazgos, un espacio de discusión, un ensamblaje de cautelas. En la democracia reside precisamente la esperanza de alojar esas tradiciones contradictorias, reconociendo la inevitable fricción.

Tal vez sea útil pensar la democracia como una suma de democracias, como se intenta en las páginas de este cuaderno. La imagen que ofrece Michael Walzer para entender la justicia puede ser pertinente para describir la democracia liberal. Esferas que alojan reglas y procesos peculiares y que, en conjunto, dan sentido a la experiencia democrática. En efecto, la ciudadanía se vive en muchos ámbitos y no puede quedar reducida al episodio de poner un signo sobre un símbolo cada tres o seis años. Podrían verse estas esferas desde el lado contrario. En el registro de su ausencia o de su corrupción puede identificarse la tarea pendiente. No hay democracia en aquel lugar que me impide acercarme a otros para cuidar los intereses que tenemos en común y para promover alguna causa que nos convence.

Es autocrático aquel poder que se desprende de sus mecanismos de moderación. Si no enfrenta restricciones, el poder se vuelve tiránico. Por eso no puede concentrarse en un lugar o en una persona. Debe dispersarse en el espacio y restringirse funcionalmente. Es sospechoso el silencio. Si no se escucha la tensión del desacuerdo, es probable que me encuentre en un encierro. La democracia no es armonía sino un desahogo de rivalidades. Los partidos pelean por el voto, los poderes se limitan el uno al otro.

Ahí donde no hay contrapoderes, no hay democracia. Si vivo a la intemperie, sin regla que me proteja del poder o del crimen, no podré acceder a la condición de ciudadanía. Seré un náufrago sin amparo y sin derechos. Necesito el oído imparcial de la ley para ser, plenamente, ciudadano. Cuando el poder se advierte remoto, se cancela la posibilidad de intervenir en él. Por eso hay que advertir la necesidad de una cercanía geográfica que permita participación y vigilancia. La vivencia democrática implica cercanía, proximidad.

Y si el poder se me oculta, si no tengo fuentes para acercarme a la verdad, si no puedo expresar mis opiniones, debo darme cuenta de que vivo bajo el despotismo. Este recuento del argumento nos ofrece, tal vez, pistas para los desafíos contemporáneos de las democracias liberales. Como apuntaba arriba, las democracias enfrentan un clima hostil.

Las banderas de la eficacia, de la identidad nacional o de la autenticidad popular cobijan un entendimiento antiliberal de la democracia. Si este cuaderno fue escrito frente a un impulso democratizador, hoy se leería frente a la tentación autoritaria.

A los contrapoderes se les tacha de ser obstáculos antidemocráticos. Se menosprecia la exigencia de legalidad con el discurso de que las formalidades que la constituyen son parapetos del privilegio.

Se hostiga a las organizaciones de la sociedad civil por ser parcialidades interesadas y se desmorona la autoridad de los medios en el mundo de la posverdad. Vivificar los procesos en cada una de las esferas de la democracia podría ser una ruta para cuidar y renovar el régimen de la participación y la cautela.

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