Gobernabilidad y democracia

Gobernabilidad y democracia

Hace un cuarto de siglo las torres gemelas se erguían imponentes en el lado sur de la isla de Manhattan y salvo un discreto puñado de especialistas nadie había oído hablar del señor Bin Laden.

Sabíamos que China estaba dejando atrás a marchas forzadas el perimido sistema económico comunista –no así su feroz autoritarismo, como pudimos tristemente comprobar con la masacre de Tiananmen– pero todavía estaba lejos de convertirse en la avasalladora “fábrica del mundo” que sería después.

Teníamos claro que la patria chica de Simón Bolívar atravesaba agudos problemas políticos y socioeconómicos, pero el comandante Hugo Chávez era nada más un oscuro militar golpista cuya fracasada intentona –afortunadamente– no había logrado derribar la consolidada democracia venezolana.

Hace un cuarto de siglo estaba mal visto declararse “populista”, aunque nuestra sensibilidad de época estaba mejor preparada para pensar en términos de expansión de la democracia que de fortalecimiento de la república.

Los delirios de poder de un multimillonario advenedizo –como Ross Perot– eran cómodamente sepultados por los votos de republicanos y demócratas, en una clara señal de madurez política y sentido de responsabilidad gubernamental por parte del electorado norteamericano.

Asimismo, las democracias europeas occidentales nos mostraban un espejo donde –con cierta envidia– podíamos mirarnos, aunque tendíamos a ver allí menos una conflictiva realidad atravesada por complejos desafíos, que un amasijo de estilizadas expectativas gratamente coloreadas por nuestras latinoamericanas e ignaras ansiedades: partidos políticos fuertes, programáticos, con sólidas bases electorales, con amplia cobertura territorial, capaces de conformar acuerdos de largo plazo y convocar a la participación a una ciudadanía activa, informada y responsable.

Hace un cuarto de siglo no existían Google, Facebook o Instagram; la expresión “economía de plataformas” carecía de significado, y en el mejor de los casos podíamos asociarla a una imaginativa ocurrencia de Isaac Asimov o de Ray Bradbury; recorríamos de cabo a rabo las mullidas alfombras azules de la cadena de tiendas Blockbuster en busca de una buena película para alquilar; observábamos con cierta aprensión los primeros e inaccesibles celulares (que tenían un tamaño similar al “zapatófono” del Superagente 86); y aunque había comenzado a desarrollarse el correo electrónico todavía escribíamos y esperábamos cartas en papel.

Sería largo, y tedioso, seguir enumerando los cambios que nos separan de un tiempo relativamente cercano a nosotros, al punto que se ubica a simple tiro de memoria para quienes ya tenemos unos cuantos años, pero que sin embargo parece escaparse muy lejos como horizonte de preocupaciones intelectuales o como marco de referencia de nuestra agenda política y ciudadana actual.

Por eso, en estas breves líneas puede tener alguna utilidad revisar unas pocas coordenadas de análisis que vinculan el texto Gobernabilidad y democracia con algunos debates más cercanos a nuestros problemas del presente.

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