Sistemas electorales y de partidos

Sistemas electorales y de partidos

En la segunda mitad de los años setenta ingresé al doctorado en Ciencia Social, con especialidad en Sociología, de El Colegio de México (COLMEX), y me afilié al Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT).

Ese par de decisiones, independientes entre sí, marcaron mi vida profesional. La senda académica me llevó a concursar una plaza en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) al finalizar mis estudios en El Colegio de México; quedé adscrito al Departamento de Sociología de la Unidad Iztapalapa (UAM-I) y me incorporé a la planta de profesores de Ciencia Política. La ruta política, por su lado, me llevó a representar al PMT en la Comisión Federal Electoral durante el proceso electoral de 1985, y al Partido Mexicano Socialista (PMS) ‒resultado de las fusiones de la izquierda mexicana de aquellos tiempos‒ durante la compleja elección de 1988: con caída del sistema y todo.

La evolución del PMS en Partido de la Revolución Democrática (PRD) me hizo dejar la militancia, y en la UAM-I encontré el espacio para dedicarme a mi pasión: los estudios electorales.

A mediados de los noventa, la Dirección Ejecutiva de Capacitación Electoral y Educación Cívica del entonces Instituto Federal Electoral (IFE) me solicitó escribir este cuaderno sobre la relación entre los sistemas electorales y los sistemas de partidos. Lo hice con gusto; ese tema era el nudo teórico de mi tesis doctoral.

En la parte final de esa década mi vida profesional tomó otro rumbo. El Consejero Presidente del IFE me propuso como Director Ejecutivo de Organización Electoral y el Consejo General me eligió por unanimidad. Me tocó esa responsabilidad para el proceso electoral federal y el del Distrito Federal de 1997; el primero que organizó el IFE autónomo, ya sin la intervención del gobierno federal ni los gobiernos de los estados.

Luego fui Consejero Electoral, fundador, del Instituto Electoral del Distrito Federal y, después de un breve regreso a la academia (tres años como profesor en la Universidad de Guanajuato), la Cámara de Diputados me eligió Consejero Presidente del IFE, cargo que desempeñé de febrero de 2008 a octubre de 2013.

Volví a la academia; luego de una breve estancia como investigador asociado en COLMEX, ahora soy profesor titular en el Instituto de Ciencias de Gobierno y Desarrollo Estratégico de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Son ya 40 años en la sociología y la ciencia política. No piense, usted lector, que lo que sigue es un relato de los detalles de mi vida profesional.

Es una breve reflexión sobre la evolución de las herramientas teóricas que he usado por 40 años para intentar explicar la especial intersección entre los sistemas electorales y los de partidos; ese espacio en el que las leyes electorales ‒y sus cambios‒ inciden sobre las conductas de los principales actores de las elecciones: los ciudadanos y los partidos políticos.

Es un objeto de investigación complejo en, al menos, dos dimensiones. Por un lado, a los sistemas electorales se les exige la creación de condiciones que aseguren la gobernabilidad, mientras que a los sistemas de partidos se les supone como poderosos instrumentos para reflejar la pluralidad política que existe en las sociedades.

Frágil equilibro entre ambas funciones, si se entiende que en muchos casos a mayor pluralidad en la representación corresponden mayores retos para establecer y reproducir una gobernabilidad realmente democrática.

Por otra parte (ésta es la segunda dimensión), se ha desarrollado un amplio debate respecto de cuál es la variable independiente en esta compleja relación. Se tiende a pensar que el sistema electoral es la principal herramienta para modelar el tamaño del sistema de partidos. Pero se sabe, por otro lado, que son los legisladores ‒postulados por los partidos‒ quienes proponen y realizan modificaciones a las leyes que gobiernan a los sistemas electorales.

Sobre eso se han desarrollado intensos debates políticos y académicos. Me ocupo aquí de los segundos.

Todo empezó en los años cincuenta, cuando el sociólogo francés Maurice Duverger expuso cierta relación de determinación entre la fórmula electoral y el tamaño del sistema de partidos. Dijo que ahí donde existe una fórmula de mayoría relativa ‒o simple‒ para la elección de los representantes populares, tiende a implantarse un sistema bipartidista; no en el sentido de que sólo existan dos partidos, sino como producto de una situación de competencia que tiende hacia la alternancia en el poder entre los dos principales partidos, independientemente de que existan otros.

Argumentó que eso era producto de cierto efecto mecánico de la fórmula electoral (la mayoría simple favorece al partido más votado, al darle una proporción de representación mayor que la proporción de votos que le otorga el electorado), y de otro psicológico (el ciudadano aprende que sólo uno de los dos partidos más fuertes tiene posibilidades de éxito, lo que le conduce a decidir su preferencia en ese escenario y a abandonar a otros partidos).

Agregó que las fórmulas de mayoría absoluta con segunda vuelta producen pluripartidismos con partidos flexibles que aprenden a negociar entre la primera y la segunda vuelta; mientras que los sistemas de representación proporcional tienden a conformar sistemas pluripartidistas con partidos rígidos, que no tienen incentivos para negociar y/o conformar alianzas.

Ese planteamiento, ciertamente determinista, provocó agudas polémicas. El politólogo alemán Dieter Nohlen argumentó, años después, que antes de discutir los “efectos” de la fórmula electoral sobre el sistema de partidos, se debe distinguir el principio de representación que inspira la elaboración de la fórmula.

El principio de representación mayoritaria tiende a otorgarle a un partido ‒fundamentalmente al que se encuentra en el poder‒ una mayoría parlamentaria que le permite gobernar con cierta facilidad. Mientras que el principio de representación proporcional (RP) tiende a fomentar la participación plural de las fuerzas políticas en las tareas parlamentarias.

Giovanni Sartori, politólogo italiano, redefinió las “leyes” de Duverger; explicó que los efectos de la fórmula electoral dependen de la “fortaleza” de los sistemas de partidos. En los sistemas de partidos bien arraigados en la sociedad, bien estructurados, “fuertes”, los efectos de la fórmula electoral son menores.

En cambio, en los sistemas de partidos “débiles”, las fórmulas electorales pueden tener consecuencias mayores en la estructuración de la competencia entre los propios partidos.

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