MEXICANOS AL GRITO DE MUERTE, LA PROTECCION DE LOS MEXICANOS CONDENADOS A MUERTE EN ESTADOS UNIDOS

MEXICANOS AL GRITO DE MUERTE, LA PROTECCION DE LOS MEXICANOS CONDENADOS A MUERTE EN ESTADOS UNIDOS

Abordar el tema de la pena de muerte es sobrecogedor. Recordar la mirada de aquellos compatriotas que estaban a punto de perder la vida, en el vecino país del norte, a manos del Estado -dueño de la violencia legítima- es una experiencia que lleva a una profunda reflexión sobre la vida y la muerte. Como cónsul general de México en Houston, Texas, tuve la misión de dar seguimiento a varios casos de mexicanos condenados a muerte, situación que me brindó, entre otras cosas, la posibilidad de adentrarme en el fenómeno desde una posición especial: no sólo me debía ocupar de la defensoría de estas personas, sino hacerles sentir, con acciones y actitudes, que no estaban del todo solos en un país extraño y que su propia nación no los había abandonado: El caso de Ricardo Aldape, que será tratado en esta obra, es parte de mi vida.

Entre 1989 y 1992, dentro de mis funciones consulares, tuve que retomarlo, entrevistarme con Aldape, adentrarme en los hechos y lograr que una firma de abogados estadunidenses asumiera su defensa. Como funcionario mexicano, representante de nuestro país frente a una potencia extranjera, mi deber era apoyar y defender a mis connacionales. Dicho deber requería de un trabajo a conciencia, ya que los hechos mostraban, sin ambages, que Aldape era inocente; una simple víctima de la irracionalidad, la xenofobia y los errores de un sistema judicial que debía encontrar un chivo expiatorio.

La defensa de Aldape quedó en gran parte en manos de Scott Atlas, abogado de la firma Vincent & Elkins, quien se encargó del caso durante más de 5 años y a un alto costo económico. También de gran relevancia es la participación de la· abogada Sandra Babcock, defensora de oficio· del sistema judicial de la ciudad de Houston. Nombrar aquí a estas dos personas tiene una pertinencia indiscutible pues, afortunadamente, los esfuerzos rindieron frutos.

Después de 15 años en una prisión de máxima seguridad y con cuatro fechas de ejecución diferentes, Ricardo Aldape fue liberado; la fiscalía desistió de sus cargos gracias a una amparo interpuesto en forma y fondo. Tristemente, Aldape falleció cuatro meses después de haber dejado la prisión, en un lamentable accidente automovilístico cuando viajaba de la ciudad de México a su natal Monterrey.

Todo ello hizo cuestionarme lo de siempre: ¿qué soluciona la pena de muerte? Acaso, ¿la muerte del’ victimario restituye la vida perdida, los años perdidos, el sufrimiento y el dolor? ¿Será cierto que los castigos ejemplares impiden que los crímenes vuelvan a ser cometidos? ¿Qué hay t;n la naturaleza del hombre que lleva a quitarle la vida a otro ser humano? ¿Cuál es la naturaleza del delito? ¿Realmente es justo pagar con la vida por la vida del otro? ¿Qué hay del asesinato involuntario, el asesinato en defensa propia, del asesinato por razón de Estado? ¿Hasta dónde es válido disponer de la vida de otros, independientemente de que sea criminal o no? ¿La justicia de verdad es ciega? ¿A cuántos inocentes se ha matado en nombre de la justicia y el derecho? Más allá de las creencias religiosas, el dilema ético que supone asumir una posición a favor o en contra de la pena de muerte nos lleva a la radicalización.

Los que han visto de cerca personas que esperan la pena capital, son testigos de la angustia -máxime cuando son inocentes-, no sólo del condenado sino de un núcleo familiar determinado, que se vuelve aún más vulnerable cuando se trata de inmigrantes pobres en países altamente desarrollados, quienes- son víctimas del desprecio, la intolerancia y, muchas veces, la injusticia. Cabe destacar que no creo que la situación sea fácil de enfrentar para los condenados a muerte en su propio país, pero debo ser honesto y decir que para un mexicano condenado a muerte en Estados Unidos la cosa es mucho peor.

La experiencia vivida en el ejercicio de mis responsabilidades como cónsul, me llevó a poner por escrito mis reflexiones, analizar y conocer un poco más la problemática. Si bien inicialmente, y de alguna manera involuntaria, tuve que acercarme casi con una metodología antropológica al fenómeno, los años me han permitido recolectar y estudiar una multitud de documentos y testimonios relacionados con la pena de muerte.

A diferencia de mis anteriores investigaciones sobre la Iglesia y la relación bilateral México-Estados Unidos reflejada en los informes presidenciales, en esta ocasión tuve la oportunidad de consultar en fuentes bibliográficas especializadas. Estas herramientas tienen una virtud: nos dejan ver cuál es la discusión del tema en ese momento y quiénes son sus actores principales. Es asombroso el número fuentes bibliográficas que hablan sobre la pena de muerte, principalmente en contra, pero más asombroso es el número de organizaciones volcadas a su estudio, muchas de ellas dedicadas a luchar por su erradicación.

Existe una razón fundamental por la que decidí escribir acerca de la pena de muerte y los mexicanos condenados en Estados Unidos. Me gustaría que nuestros compatriotas estuvieran conscientes sobre los dilemas que implica la pena capital. Es aterrador comprobar que muchos mexicanos, ante los serios problemas de inseguridad que se viven en nuestro país, se estén planteando la posibilidad de hacer válida la pena de muerte en México, pues aunque no se ha aplicado desde hace muchos años, hasta hace poco estaba incluida en varias de nuestras leyes.

Afortunadamente, reconociendo que la vida es el mayor de los derechos del ser humano, en marzo de 2005, el Senado de la República aprobó una reforma constitucional que prohíbe textualmente la pena de muerte en México.

Dicha reforma fue ratificada por la Cámara de Diputados en junio de 2005. La reforma, por ser de carácter constitucional, fue enviada a los 31 congresos locales, No obstante, puede afirmarse que el mensaje que dio el gobierno de México con esta propuesta, no sólo significa reafirmar el apego continuo de México a los instrumentos internacionales, sino «el compromiso más importante que hoy celebramos y pactamos con la sociedad y con los mexicanos»,

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