EL PENTAGONISMO SUSTITUTO DEL IMPERIALISMO

EL PENTAGONISMO SUSTITUTO DEL IMPERIALISMO

Han transcurrido cerca de 40 años desde que se publicó el opúsculo El pentagonismo, sustituto del imperialismo, de Juan Bosch, destacado intelectual y político dominicano; y a pesar de eso, dicha obra conserva una impresionante actualidad.

El fenómeno descrito y analizado por el autor acerca de cómo el poder militar de Estados Unidos ha llegado a reemplazar el viejo concepto clásico del imperialismo, pasando a ocupar un papel central en la conducción de la política exterior de ese país, mantiene en estos momentos, como consecuencia de la lucha global contra el terrorismo, la misma vigencia que 40 años atrás. ¿Qué pudo haber motivado a un pensador y político caribeño a analizar y estudiar un fenómeno que aparentemente desbordaba su marco de actuación y se internaba en los asuntos de Estados Unidos? A nuestro juicio, lo que parece haber conducido a Juan Bosch a reflexionar sobre la naturaleza y composición del gasto militar de Estados Unidos y de su relación con el diseño y aplicación de su política exterior, fue en primer lugar, la propia ocupación militar norteamericana en la República Dominicana en el año 1965; de la Guerra de Vietnam.

Para Bosch, Estados Unidos ya no envía sus tropas al exterior a conquistar y colonizar territorios. Eso es lo que hacía el viejo imperialismo, el cual empezó a desaparecer al término de la Segunda Guerra Mundial.

Ahora, lo que Estados Unidos hace es promover negocios y contratos ventajosos para la industria local norteamericana como resultado de la creación de una estructura de poder al servicio de una economía de guerra. He aquí sus propios argumentos: Las fuerzas militares de un país pentagonista no se envían a conquistar dominios coloniales.

La guerra tiene otro fin; la guerra se hace para conquistar posiciones de poder en el país pentagonista, no en un territorio lejano.

Lo que se busca no es un lugar donde invertir capitales sobrantes con ventajas; lo que se busca es tener acceso a los cuantiosos recursos económicos que se movilizan para la producción industrial de guerra; lo que se busca son beneficios donde se fabrican las armas, no donde se emplean, y esos beneficios se obtienen en la metrópoli pentagonista, no en el país atacado por ella. Inmediatamente después, agrega: Rinde varias veces más, y en tiempo mucho más breve, un contrato de aviones que la conquista del más rico territorio minero, y el contrato se obtiene y se cobra en el lugar donde está el centro del poder pentagonista. Los ejércitos operan lejos del país pentagonista, pero los aviones se fabrican en él, y es ahí donde se ganan las sumas fabulosas que produce el contrato.

Esas sumas salen del pueblo pentagonista, que es al mismo tiempo la metrópoli y por tanto el asiento del poder pentagonista. Algunos días antes de entregar el poder a su sucesor, el 17 de enero de 1961, en su discurso de despedida a la nación, el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower advertía al pueblo norteamericano sobre los peligros de lo que él llegó a denominar como el complejo militar-industrial de Estados Unidos.

Ese complejo a que hacía referencia el presidente Eisenhower no era otro que el de la alianza que se había producido en el país líder del mundo capitalista, en las distintas instancias del Estado, entre el sector industrial, el Departamento de Defensa o Pentágono, el sector académico, con los científicos e ingenieros, y el poder político, a través de los dos partidos, el Demócrata y el Republicano.

Por supuesto, el hecho sobre el que advertía Eisenhower no era nuevo en la vida de Estados Unidos. Dadas las palabras de alarma de quien llegó a ostentar el rango de comandante de las Tropas Aliadas durante la Segunda Guerra Mundial, podría creerse que ese fenómeno empezó a gestarse durante sus dos periodos de gobierno, de 1953 a 1961. Pero no fue así.

El complejo militar-industrial norteamericano empezó a forjarse durante la Primera Guerra Mundial, cuando Estados Unidos debió hacer una rápida y masiva movilización de tropas para entrar al teatro de operaciones en Europa, y para eso tuvo que contar con la capacidad de producción de máquinas de todo tipo por parte del sector industrial del país. Terminada esa primera gran conflagración mundial, la relación entre los militares y la industria continuó.

Cada vez más, el área de defensa del gobierno acudía al sector empresarial para el otorgamiento de contratos que permitiesen la fabricación de armas, tanques, buques y aviones, entre otros, los cuales se producen en distintos estados de la Unión norteamericana. Ahora bien, donde quedó claramente definida esa relación entre el Pentágono y el sector industrial de Estados Unidos fue durante la Segunda Guerra Mundial. Para la generalidad de los economistas, lo que permitió que Estados Unidos saliera de la situación de la Gran Depresión iniciada en 1929 no fue la política de New Deal que el presidente Franklin Delano Roosevelt trató de llevar a cabo mediante la aplicación de políticas keynesianas.

Lo que permitió superar la situación de profundo estancamiento y desempleo por la que atravesaba la sociedad norteamericana fue la Segunda Guerra Mundial.

En 1939, el año del inicio de la guerra, había 46 millones de personas empleadas en Estados Unidos. Seis años después, en 1945, al terminar la guerra, había 53 millones de empleados. Más aún, en 1939, había 370,000 personas en las fuerzas armadas norteamericanas. Durante la guerra, llegaron a enrolarse 11’400,000. Para los norteamericanos, la guerra había traído prosperidad.

Ahora, la interrogante era cómo mantener esos niveles de progreso y de avance en un contexto de paz mundial. La respuesta habría de venir con el surgimiento, a partir de 194 7, de la Guerra Fría. Ésta creó el escenario ideal para que Estados Unidos pudiera no solamente mantener la estructura de poder militar creada durante los años de la Segunda Guerra Mundial, sino además ampliarla, sobre la base de una rivalidad político-ideológica con la otra gran superpotencia de la época: la Unión Soviética. De esa manera, la política de contención del comunismo se convirtió en el soporte sobre el cual se erigió la justificación para el mantenimiento de una economía de guerra permanente en Estados Unidos.

La convicción de que la gran nación del Norte le había tocado desempeñar el papel histórico de gendarme de la libertad y de la democracia se reforzó en los núcleos dirigentes de esa sociedad a raíz de diversos acontecimientos a nivel mundial. Entre ellos están: la Revolución China, en 1949; la Guerra de Corea, 1950-1953; la Revolución Cubana, 1959; la Guerra de Vietnam, que heredaron de los franceses en 1954, luego de la derrota francesa en Dien Bien Phu; la propia Revolución de Abril, en la República Dominicana, en 1965, así como varios otros episodios en Asia, África y América Latina. Entre los líderes militares podía haber diferencias acerca de la doctrina que debía prevalecer.

Por ejemplo, precisamente al término de la Segunda Guerra Mundial, la sabiduría convencional decía que debía establecerse un sistema de armamentos nucleares para disuadir a la Unión Soviética de cualquier posible ataque sobre territorio norteamericano. Ésa fue la llamada doctrina de la retaliación masiva, elaborada por el Pentágono durante los gobiernos de los presidentes Truman y Eisenhower.

En contraposición a esa doctrina, había quienes sostenían que la inestabilidad y el desafío al poderío norteamericano ya no provenían del lado soviético (estando ése además limitado en virtud del concepto de destrucción mutua asegurada), sino de los movimientos revolucionarios que estaban surgiendo en el Tercer Mundo. A esa nueva forma de visualizar el uso de las armas se calificó, a su vez, con el nombre de doctrina de la respuesta flexible.

Ahora bien, sea a través de la doctrina para contener a la Unión Soviética, o de la contrainsurgencia para frenar los movimientos revolucionarios surgidos en la periferia, Estados Unidos encontró la explicación racional para mantener operando en su territorio un sistema económico basado en el criterio de la guerra permanente.

El autor de ese libro explica con singular claridad cómo funcionaba ese sistema: Lo que gastan los Estados Unidos en un mes de guerra en Vietnam no podrían recuperarlo en cinco años si se dedicaran a sacar de la vieja Indochina materias primas baratas y al mismo tiempo le vendieran productos manufacturados caros; y lo que gastan allí en un año de operaciones militares no podrían sacarlo en medio siglo ni aun en el caso de que los dos Vietnam – el del Norte y el del Sur- estuvieran cubiertos por una lámina de oro de un centímetro de espesor.

Ésa fue sin duda, una observación aguda hecha en su momento por Juan Bosch acerca de cómo funciona la economía de la guerra permanente que él denominó pentagonismo, y un aporte indiscutible a la comprensión de uno de los factores fundamentales de poder de la política exterior de Estados Unidos.

Curiosamente, casi al mismo tiempo que Bosch, un destacado profesor de ingeniería industrial de la Universidad de Columbia en Nueva York, Seymour Melman, publicó en 1970 un libro con el sugerente título de Pentagon Capitalism: The Political Economy of War (El capitalismo del Pentágono: Economía política de la guerra].

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O

http://biblioteca.diputados.gob.mx/janium/bv/lx/4pentsus_imp.pdf

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