La democracia como forma de gobierno

La democracia como forma de gobierno

Escribí este Cuaderno de Divulgación de la Cultura Democrática, publicado originalmente en 1995, pensando en dar una visión amplia y sencilla sobre este régimen político. Como podrá confirmar el lector, lo primero que hice fue resaltar que la democracia nos viene del mundo antiguo. Por cierto, ahora que lo he vuelto a leer me faltó agregar que los griegos la nombraron también isonomía, que significa igualdad de ley o igualdad ante la ley.

Traducido a nuestro tiempo sería el gobierno de las leyes. Otra palabra que los antiguos utilizaron como sinónimo de democracia fue isegoría, que quiere decir igualdad de palabra, o sea, toda aquella persona que tiene derechos políticos tiene derecho a hacer uso de la voz. Además, el tiempo que tomara cada politi (ciudadano) para hablar debía ser el mismo para cualquier otro ciudadano. Ninguno debía excederse. Quien violaba esa norma era llamado demagogo (porque hablaba de más).

La democracia es, pues, el gobierno de las leyes y es el gobierno de la palabra. Es decir, es el sistema de gobierno en el que la ley (nomos) es suprema, y en el que la palabra (goros) es usada por medio de la deliberación pública para tomar las decisiones. La deliberación sirve para mejorar a las personas. Así lo dejó establecido quien es considerado el padre de la educación cívica, Isócrates.

Hechas estas precisiones, debo llamar la atención sobre el hecho de que hoy nos inclinamos a estudiar a la democracia por sí sola. En la Antigüedad no fue así. En los tratados de política y derecho de aquellos tiempos encontramos que se le estudió en el marco de las formas de gobierno.

Y ese marco se formaba con base en la respuesta a dos preguntas: ¿quién gobierna? y ¿cómo gobierna? Si gobernaba una persona y lo hacía bien, se tenía la monarquía; si una persona ejercía el poder mal, eso daba lugar a la tiranía; el dominio de pocos que hacían uso de las prerrogativas de manera positiva producía la aristocracia; la opresión de pocos fue nombrada oligarquía; el gobierno bueno de muchos fue conocido como politeia; en cambio la democracia fue catalogada como una forma mala de gobierno.

¿Por qué? La respuesta está en los factores que distinguen al buen gobierno del mal gobierno. Esos factores son dos: 1) si se ejerce el poder de acuerdo con la ley; 2) si se ejerce el poder para bien de todos o tan sólo de una parte de la comunidad política.

La democracia fue considerada una forma mala porque ejercía el poder para el bien de la mayoría, el pueblo; pero no para todos. Dejaba fuera a las minorías, es decir, a las fuerzas aristocráticas y monárquicas. En cambio, la politeia incluía a todas las corrientes políticas: a la monarquía, la aristocracia y la democracia.

El buen gobierno, la politeia, incluye a la monarquía, a la aristocracia y al pueblo. Esa es la clasificación de Aristóteles. No obstante, Polibio habló más bien de la democracia buena (incluyente) y de la demagogia (excluyente) que sólo gobernaba para el pueblo y no para las otras fuerzas sociales. Uno de los grandes retos a los que me enfrenté para elaborar este cuaderno fue el de poner en palabras sencillas y accesibles conceptos complejos. El reto fue cómo homologar la terminología de tantos autores que vivieron en épocas distintas: desde Platón (427-347 a. C.) hasta Jürgen Habermas (1929), quien aún vive.

Esta longevidad de la democracia ha hecho que a lo largo de los siglos se le sumen (para enriquecerla) cosas que originalmente no poseía. Por eso es que escribo aquí: “a través de intrincadas vicisitudes históricas y teóricas, la democracia fue adquiriendo una serie de rasgos que, ciertamente, en un inicio, le fueron ajenos”.

Entre los elementos que se le fueron adhiriendo a la democracia figuran su acercamiento (pero no confusión) con el concepto “república”. Para aclarar las diferencias y semejanzas entre una y otra debemos tomar en cuenta que “democracia” es un vocablo griego; en tanto que “república” es una expresión latina.

En el caso de la democracia, como hemos insistido aquí, se trata de una forma de gobierno; en cambio la palabra república puede ser sinónimo tanto de lo que hoy conocemos como Estado, como de lo que los romanos denominaron civitas, y los ingleses, Commonwealth. Pero república para los romanos igualmente indicaba una forma específica de gobierno, es decir, aquella que combinaba a la democracia (representada por los tribunos de la plebe), la aristocracia (representada por los senadores de los patricios) y la monarquía (encarnada en los cónsules).

¿Y cómo y cuándo fue que la república coincidió con la democracia? El primer autor que acercó a la república con la democracia fue Maquiavelo cuando señaló que todas las formas de Estado han sido o repúblicas o principados.

Para el “secretario de la Señoría” los Estados pueden ser gobernados o por un hombre (la monarquía) o por una asamblea (república). En un siguiente paso, el autor de El Príncipe distingue dos tipos de república: aristocrática y democrática. Montesquieu asumió la tipología de Maquiavelo, o sea, la que distingue a las repúblicas de las monarquías; pero el autor de El espíritu de las leyes agregó el despotismo para decir que se trata de un régimen “sin leyes ni frenos”. A esto debemos agregar un dato interesante: para Montesquieu, las repúblicas y los principados eran constituciones propias de Europa, en tanto que el despotismo se encontraba, generalmente, fuera de Europa.

Por ejemplo, en el Medio Oriente y en el Lejano Oriente. Maquiavelo se encuentra entre los grandes escritores realistas: nunca abordó asuntos que no estuvieran ligados con hechos tangibles: en la época en la cual escribió, Italia no formaba una unidad política, más bien estaba dividida en una buena cantidad de principados y repúblicas (aristocráticas y democráticas) enfrascados en una verdadera y propia “guerra de todos contra todos”.

Esto me lleva a un tema fundamental del pensamiento político, en general, y del estudio de la democracia, en particular: para que exista la democracia tal como hoy la conocemos se necesita que haya un Estado nacional.

Dicho de otro modo: si en la base no encontramos una estructura institucional unitaria y compacta no hay forma de construir la democracia. Nunca hay que perder de vista este principio en virtud de que algunos escritores piensan, erróneamente, que la democracia y la anarquía son compatibles. Grave error. Libertad sin orden es anarquía; en contraste, la democracia se desenvuelve dentro de un orden legal que exige al gobernante subordinarse a la ley (sub leges) y ejercer el poder mediante la ley (per leges). La democracia es un Estado de derecho, donde la palabra “Estado” no puede ser sustituida por el “noEstado”, esto es, el desorden, la violencia, la inseguridad y, precisamente, la anarquía.

En la época Moderna, la democracia se encontró con el liberalismo. Luego entonces, democracia y liberalismo no son lo mismo. La primera, como hemos insistido aquí, viene de la Antigüedad; en cambio, el liberalismo es reciente.

Pero entonces, ¿cuál es la diferencia entre ambas corrientes? A reserva de que el lector encuentre mayores elementos argumentativos en la lectura de este cuaderno, puedo adelantar que la democracia es la teoría y la práctica de la distribución del poder; en cambio, el liberalismo es la teoría y la práctica de la limitación del poder.

Se puede decir lo mismo de otra manera: la democracia busca la igualdad de quienes gozan de los derechos políticos. Ciertamente, algunos objetores dirán que esa igualdad en la Atenas clásica era muy restringida en vista de que sólo unos cuantos podían participar; quedaban excluidos los esclavos, las mujeres, los jóvenes y quienes no podían demostrar que contaban con un cierto nivel de ingresos. Sin duda fue así. Empero, lo que nos llega de la antigua Grecia es que una vez ingresados a la asamblea soberana los polites (ciudadanos) eran iguales entre sí.

Ese ejemplo duró en el tiempo, tanto así que la flama de la igualdad jamás se apagó y fue retomada, por ejemplo, en la Revolución francesa (1789) para incluirla en los llamados principios inmortales: libertad, igualdad y fraternidad. ¿Cuál fue la aportación del liberalismo a la democracia? Esa aportación fue enorme, al grado de que hoy se habla de que la democracia moderna es una democracia liberal.

El liberalismo le ayudó a la democracia a fijar límites al poder de los gobernantes. Fueron varios los mecanismos que sirvieron para ello: el constitucionalismo, la división de poderes y la reivindicación de los derechos civiles, también llamados derechos de libertad (de pensamiento, de culto, de reunión, de prensa, de tránsito, de no ser detenido arbitrariamente, de no sufrir penas corporales, de tener un juicio justo).

Quiero aprovechar esta oportunidad para hacer énfasis en un punto que ‒ahora me doy cuenta‒ no resalté lo suficiente en la primera redacción: la democracia es incompatible con el patrimonialismo. En consecuencia, debo explicar en qué consiste el patrimonialismo.

Es la confusión entre los bienes públicos y los bienes privados: cuando los funcionarios llegan a ocupar un cargo público lo asumen como si fuese una propiedad personal; disponen del presupuesto, los nombramientos, los edificios, las oficinas, los medios de movilización, así como de los instrumentos bélicos como si fuesen propiedad privada. Precisamente como si los bienes de gobierno fuesen patrimonio propio (de allí el concepto patrimonialismo). Ese tipo de administración fue superado en los países europeos según se fueron conformando los Estados nacionales. De esta forma se pasó del patrimonialismo (propio del feudalismo) al sistema legal-racional (propio del Estado moderno).

En la administración legal-racional hay una estricta separación entre los bienes públicos y los bienes privados; para ascender en la escala burocrática se debe hacer una serie de exámenes y atenerse a un orden fijado por escalafón; hay un servicio civil de carrera, esto es, los servidores del Estado gozan de permanencia en sus empleos: no dependen de los vaivenes políticos; hay una constante preparación y actualización en los campos de su especialidad para que haya un servicio público eficiente.

Además, los servidores del Estado están sujetos a la ley de responsabilidades de los funcionarios públicos y a las normas de transparencia y rendición de cuentas. Es evidente que nuestras democracias aún no han superado el patrimonialismo. Muchos gobernantes electos al llegar al poder lo asumen como si fuese un bien personal, disponen de él por derecho propio. La corrupción, uno de los grandes males de nuestro tiempo, no ha cesado.

Incluso tiende a incrementarse ahora que los ciudadanos han mostrado su insatisfacción con la democracia. A esta desafección se agrega lo que despectivamente se conoce como “partidocracia”. Este concepto resalta la distancia entre el orden prevaleciente (el establishment) y los individuos comunes y corrientes.

La democracia no ha logrado cumplir con lo que se esperaba de ella (quizá se le sobrecargó de expectativas), vale decir, la solución del atraso económico, de la desigualdad social, la creación de empleos, reducir los índices de violencia, castigar a los funcionarios corruptos, abrir oportunidades para los jóvenes, impulsar un sistema educativo de amplia cobertura y de mejor calidad, apoyar a los campesinos, arraigar a las personas en sus comunidades para que no tuviesen que emigrar a otros países.

Hay un desencanto de los ciudadanos respecto de la democracia y eso ha sido aprovechado por los demagogos. Cuando escribí este cuaderno aún no se había levantado con toda su fuerza el vendaval populista. Se trata del fenómeno político más importante que se ha registrado en las últimas tres décadas.

Aunque ya había regímenes que mostraban este perfil desde fines de los años noventa, el populismo tomó un cariz global con dos hechos fundamentales: el triunfo del brexit el 23 de junio de 2016 y la victoria de Donald Trump en las elecciones norteamericanas celebradas el 8 de noviembre de 2016.

En plena euforia, Marine Le Pen, dirigente del ultraderechista partido Frente Nacional de Francia, dijo, tras la victoria del magnate neoyorquino, “¡hoy, Washington, D.C.; mañana, París!”. Le Pen se refería a las elecciones en su país, que tienen la modalidad de dos vueltas: la primera vuelta se llevó a cabo el 23 de abril de 2017; pasaron a la segunda ronda los dos partidos más votados que fueron el Frente Nacional y En Marcha, de Emmanuel Macron. La ultraderecha perdió en la segunda vuelta que se verificó el 7 de mayo de 2017. Sin embargo, otros países han caído bajo la égida populista: Rusia con Vladimir Putin, Hungría con Viktor Orbán, Polonia con Jaroslaw Kaczynski, Turquía con Recep Tayyip Erdogan, Filipinas con Rodrigo Duterte, Venezuela primero con Hugo Chávez y luego con Nicolás Maduro, Bolivia con Evo Morales, Nicaragua con Daniel Ortega, y Brasil con Jair Bolsonaro.

Pero ¿qué es el populismo? Muchos analistas, para evitarse el problema de investigar sus antecedentes y su semiología han optado por decir que es un concepto “polisémico”, o sea, que en él caben las más diversas definiciones y explicaciones; pero no es así. Eso es falso. El populismo tiene una connotación precisa. Y en esto nos ayuda, justamente, el estudio sobre las formas de gobierno.

Ese sistema de dominación es el heredero de la demagogia, es decir, lo contrario de la democracia. No se nos olvide que a la demagogia también se le conoció en el mundo antiguo como “la tiranía de la mayoría”, o, mejor dicho, la vinculación entre el pueblo (tomado como una masa compacta) y el líder (quien se considera la encarnación del pueblo). El populismo pregona la política de la confrontación, del conflicto, de la polarización (en cambio, si algo distingue a la democracia, es la política de la conciliación).

En consecuencia, siempre inventa un enemigo contra el cual lanzar sus consignas y acciones. En Europa y Estados Unidos, por ejemplo, los líderes populistas han echado mano del racismo y la xenofobia. En Iberoamérica, los mandamases dividen a la sociedad entre una élite corrupta (la enemiga del pueblo) y el pueblo.

Pero, en realidad, no es todo el pueblo: quienes no están de acuerdo con los planteamientos de los líderes y partidos populistas, son denostados como el no-pueblo. Por derivación lógica, en el populismo afloran la intolerancia, la exclusión, la rivalidad y, particularmente, el rechazo a la democracia liberal.

Tanto así que Viktor Orbán dijo que su régimen sería una “democracia no-liberal” y que regresarían a la época de la que nunca debió haber salido Europa, la época medieval. A esto vale la pena agregar lo dicho por quien se considera el mayor ideólogo del populismo, Ernesto Laclau. En el siguiente párrafo deja claro lo que para él es la diferencia entre la democracia y el populismo: Aquí tendríamos, por lo tanto, la formación de una frontera interna, de una dicotomización del espectro político local a través del surgimiento de una cadena de equivalencias de demandas insatisfechas.

Las peticiones que van convirtiéndose en reclamos. A una demanda que, satisfecha o no, permanece aislada, la denominaremos demanda democrática. A la pluralidad de demandas que, a través de su articulación equivalencial, constituyen una subjetividad social más amplia, las denominaremos demandas populares, comienzan así, en un nivel muy incipiente, a constituir el ‘pueblo’ como actor histórico potencial. Aquí tenemos, en estado embrionario, una configuración populista.3 Por encima del lenguaje innecesariamente barroco utilizado por este autor, lo relevante es esa “frontera interna” que Laclau erige entre las demandas democráticas y las demandas populares que en estado embrionario “configuran el populismo”. Esto es, hay un corte tajante entre la democracia y el populismo: no hay conciliación posible.

La afrenta es grave entre otros motivos porque el populismo, como se aprecia en la retórica utilizada por Laclau, el sujeto histórico (aparentemente) es el pueblo (tomado así en masa); pero se trata de una argucia, en primer lugar porque de ese pueblo quedan excluidos (como ya dijimos) los que no estén de acuerdo con el “movimiento”; en segundo lugar, pero no menos importante, porque el líder ‒que, como hemos dicho, personifica al pueblo‒ es quien realmente toma las decisiones. La democracia, en contraste, tiene como sujeto fundamental al ciudadano pensante, al cual son inherentes los derechos de libertad, entre ellos la libertad de pensamiento que supone el derecho de estar en desacuerdo.

Cierto, la democracia está en peligro. ¿Cómo defenderla? La mejor defensa consiste en promover la educación cívica. Lo peor sería que los individuos fuesen arrasados por ese torrente de odio, fanatismo y destrucción que suele caracterizar a los movimientos totalitarios.

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