Democracia y género. Historia del debate público en torno al sufragio femenino en México

Democracia y género. Historia del debate público en torno al sufragio femenino en México

El sufragio universal en México se estableció en 1953 mediante la reforma a los artículos 34 y 115 de la Constitución Política. A partir de entonces, las mujeres adquirieron el derecho de acudir a las urnas y emitir su voto en elecciones federales, estatales y municipales.

Obtuvieron también el derecho a postular candidaturas a cargos de elección popular en los tres niveles de gobierno. Tanto en el ejercicio del voto como en la postulación de candidaturas, las mujeres estaban obligadas a ajustarse a los requisitos de ley indicados para los varones. El sufragio universal se estableció hasta mediados del siglo XX con la reforma mencionada, ya que la Constitución proclamada en 1917 refrendó el voto masculino sin restricciones (en los mismos términos que lo había determinado la Constitución de 1848) pero dejó a las mujeres al margen al no incorporar el sufragio femenino. 

La persistente exclusión de las mujeres de la vida pública se atribuyó en México y en otros países republicanos, con distintas variantes, “a la debilidad de su cuerpo y de su mente, a una división del trabajo que hacía que las mujeres sólo fuesen aptas para la reproducción y la maternidad, y a las susceptibilidades emocionales que las impulsaban al exceso sexual o al fanatismo religioso”.

Se esperaba que sus intereses ciudadanos quedaran representados por el voto de sus padres, maridos y hermanos, con lo que, al mismo tiempo, se fortalecía la autoridad masculina en la familia y la jerarquía de género en la sociedad. 

El debate público sobre el sufragio femenino en México hizo evidente la contradicción entre la proclamada universalidad de los derechos individuales y la exclusión de las mujeres de la participación electoral. La discusión se desenvolvió en el contexto de la Revolución mexicana, que profundizó el carácter laico del Estado y buscó restringir la influencia de la Iglesia católica en la sociedad. Los opositores del sufragio femenino partieron del supuesto de que las mujeres eran más propensas que los hombres a ser creyentes y de que el voto femenino favorecería a los intereses de la Iglesia en detrimento del Estado laico.

El viejo argumento relativo a la presunta irracionalidad característica de las mujeres se reelaboró en el contexto de la Revolución y la posrevolución. 

Ya no se hablaba de la inferioridad intelectual de las mujeres, pero se les atribuyó falta de juicio para razonar su voto. El supuesto clericalismo femenino se invocó una y otra vez como rasgo característico de las mujeres mexicanas, como si fuese una realidad esencial ajena al cambio histórico, algo tan arraigado e inmodificable como la naturaleza misma.

Excluidas del voto, las mujeres quedaron en una condición jurídica semejante a la de los delincuentes y a la de “vagos y ebrios consuetudinarios”, que no podían participar en elecciones al tener suspendidos sus derechos ciudadanos, según lo determinaba el artículo 38 constitucional.  El compromiso con el sufragio igualitario de Adolfo Ruiz Cortines, candidato y posterior presidente de la República, formó parte de una estrategia política para dar legitimidad a su gobierno y presentarse como un líder modernizador, capaz de colocar al país a la altura de las naciones democráticas y de poner fin a una era inmersa en las tensiones entre el Estado y la Iglesia católica.

Una de las consecuencias de la reforma a los artículos 34 y 115 constitucionales fue el crecimiento del padrón electoral. El número de votantes se duplicó en la elección de 1958, cuando las mujeres votaron por primera vez en una contienda presidencial.

En cambio, la presencia femenina en cargos de elección en el Congreso de la Unión fue muy reducida, sin ninguna relación con el crecimiento del número de mujeres empadronadas. Puede decirse que fue una presencia simbólica que daba fe del derecho de las mujeres en México a ocupar cargos de elección popular, pero era insignificante en términos cuantitativos.

La XLIV Legislatura (1958-1961), por ejemplo, tuvo sólo 4.93% de diputadas federales, mientras que el porcentaje de senadoras en el periodo 1964-1970 fue de apenas 3%. Las inercias que obstaculizaban el acceso de las mujeres a los cargos de elección eran poderosas y perdurables. 

Si bien el sufragio femenino es un hito en la historia de la democracia en México, la reforma transformó la situación de las mujeres en muy pocos aspectos. La población femenina siguió enfrentando enormes desventajas laborales y educativas en las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX ya que en su mayoría estaban sometidas a la dependencia económica y psicológica de sus padres, maridos y hermanos.

En 1971, Rosario Castellanos escribió que en México la virtud femenina más celebrada seguía siendo la abnegación. La escritora calificó a esa supuesta cualidad personal como una “virtud loca” y llamó la atención sobre la insensatez de valorar la abnegación de las mujeres por encima de su capacidad de acción y pensamiento autónomo.  Una nueva generación de mujeres, en su mayoría universitarias, como la propia Rosario Castellanos, rechazaban que el ser una madre abnegada fuera la mayor aspiración femenina.

Las nuevas feministas, nacidas en el periodo de crecimiento económico del país de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y formadas en el espíritu contestatario y la protesta juvenil del movimiento del 68, desconfiaban de las instituciones del Estado.

En un contexto político en el que la Revolución cubana era la pauta para un futuro de justicia en América Latina, las jóvenes feministas menospreciaban la participación electoral porque buscaban transformar a la sociedad mediante la movilización callejera, al tiempo que ansiaban revolucionar la vida cotidiana. Su lucha era por la redistribución del trabajo doméstico en la familia, contra la violencia sexual y por relaciones de pareja equitativas.

Pugnaban por la despenalización del aborto y aspiraban a lograr una expresión sexual desprejuiciada y acabar con estereotipos, como el de la abnegada madre mexicana.  La igualdad ciudadana era algo dado para las feministas de la nueva ola que, en general, no se interesaron por la historia del sufragio femenino de las primeras décadas del siglo.

El tema comenzó a interesar a finales del siglo XX, en especial a partir de 1988. Las elecciones presidenciales de ese año fueron muy competidas y marcaron el inicio del periodo conocido como la transición democrática en México.

El presente Cuaderno de Divulgación de la Cultura Democrática ofrece un acercamiento sintético a la historia del sufragio femenino en México, enfocándose en el debate público, es decir, en las argumentaciones esgrimidas tanto a favor como en contra de la participación electoral de las mujeres en contextos históricos específicos.

Se trata de evitar el relato lineal de un progreso inevitable, más bien destaca la complejidad de entornos políticos en los que los dilemas que se enfrentaban eran tan difíciles como los que encaramos en la actualidad. 

La historia del sufragio femenino es un aspecto tan importante como poco conocido de la historia de la democracia en México. Sus protagonistas son mujeres y hombres con trayectorias diversas: políticos de primera importancia en México del siglo XX, pero también activistas anónimas, escritoras y periodistas que siguen siendo invisibles.

Quizá lo más trascendente de la historia del sufragio femenino y de las discusiones públicas en torno a la participación electoral de las mujeres sean los términos particulares en los que en México se manifestó la tensión entre la universalidad de los derechos de los individuos y la exclusión de las mujeres del derecho al voto. 

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