Democracia y medios en México: el papel del periodismo

Democracia y medios en México: el papel del periodismo

Habría muchas razones para suponer una alianza natural entre el periodismo y la democracia. A través de funciones sustanciales –como informar a la ciudadanía, ser portavoz de preocupaciones sociales y vigilar contra los abusos de poder– el periodismo tiene el potencial para apoyar la conformación de una vida pública abierta, pluralista y consciente, así como para alentar la rendición de cuentas.

En principio, la actividad periodística ha sido un aspecto central en la confección y la distribución de información sobre la vida pública que resulta indispensable para que la ciudadanía –ideal, aunque relativamente, participativa e interesada en ella– pueda tomar las decisiones que más convienen a sus intereses en diversos campos.

Por mucho tiempo, una condición necesaria para poder llevar a cabo esta actividad ha sido contar con medios de comunicación plurales e independientes del poder político, los que, a su vez, se han considerado requisitos mínimos indispensables de una vida democrática saludable (Dahl, 1971).

La revolución tecnológica que ha tenido lugar en los últimos 25 años ha transformado tanto la estructura mediática tradicional, como las formas en que se desempeña la labor periodística. Y aquí es pertinente aclarar que medios y periodismo no son lo mismo –y hoy menos que nunca–, aunque por mucho tiempo han mantenido una relación simbiótica.

En este sentido, si por décadas los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio y televisión) eran las organizaciones a través de las que el periodismo hacía y presentaba su labor, la revolución tecnológica ha permitido la posibilidad de que el periodismo exista también al margen de ellos gracias a las nuevas plataformas mediáticas digitales.

Para los medios tradicionales, esta transformación ha significado retos importantes en varios planos, por ejemplo, poder mantener su viabilidad económica, alcanzar nuevas audiencias, competir por la oportunidad informativa y operar sin la eficiencia de los antiguos filtros editoriales (gatekeepers).

Para el periodismo, la revolución digital ha sumado a las funciones históricas descritas anteriormente la de promover el intercambio interactivo con públicos más demandantes; la de ofrecer, mediante contexto y análisis, la posibilidad de construir sentido y relevancia sobre temas de interés general en medio de un mar de mensajes, la mayor parte del tiempo sueltos, inconexos y polisémicos; la de ofrecer canales de comunicación alternativa entre ciudadanos y autoridades; y, finalmente, la de incluir voces que no han tenido la cobertura adecuada en los medios tradicionales.

En la segunda década del siglo XXI, a pesar de las alternancias, las tecnologías digitales y la emergencia de públicos más exigentes, al periodismo en México le cuesta mucho trabajo asumir estas funciones. Y, en buena medida, la razón de fondo se halla en la estructura mediática y su relación con la política.

El tipo de régimen que se desarrolló en México a partir de los años treinta se caracterizó por su talante autoritario que limitaba el pluralismo en sus múltiples formas mediante estructuras corporativistas y relaciones clientelistas, mecanismos muy importantes para intermediar, controlar y limitar las demandas políticas, sociales y económicas, pero también –y ello no puede perderse de vista– para intercambiar beneficios por apoyo político.

Los medios de comunicación, primero la prensa y luego la radio y la televisión, quedaron inscritos en estos intercambios corporativos a través de los que estas organizaciones recibieron distintos tipos de beneficios a cambio de apoyar políticamente al régimen.

A lo largo de buena parte del siglo XX, el periodismo en México se desarrolló en un contexto que, en palabras de Granados Chapa (1981), puede definirse de “censura ambiental”, donde informadores y periodistas sabían perfectamente los límites de lo que era posible presentar y publicar. La serie de crisis, inicialmente económicas (1976, 1981-1982, 1985, 1994-1995), y luego políticas (1988, 1994-1995), erosionaron buena parte de la capacidad del régimen para mantener ese contexto, al tiempo que emergía el pluralismo político y una incipiente participación ciudadana. La alternancia en el gobierno federal en el año 2000 y la consolidación del pluralismo político coincidieron con la revolución digital referida. Sin embargo, estos cambios han ocurrido en un contexto político y económico particular, cuyo resultado ha marcado tres tendencias distintas en el quehacer periodístico en México.

En primer lugar, la falta de mecanismos efectivos y eficaces de rendición de cuentas para una clase política que ha estado llegando al poder mediante procesos electorales ha favorecido la reproducción de algunas de las viejas prácticas –y la puesta en marcha de otras nuevas– con medios y periodistas que han dado como resultado lo que se define como un modelo mediático liberal capturado (Guerrero, 2014).

Este modelo, predominante en los medios tradicionales, se define, sobre todo, por favorecer condiciones de injerencia comercial y política que terminan, entre otras cosas, por inhibir la independencia, la autonomía y la crítica de la función informativa.

Así, en muchos medios tradicionales impera lo que aquí definimos como un periodismo colaborador. Una segunda tendencia tiene que ver con que en algunos medios tradicionales, pero de manera más visible en las nuevas plataformas digitales y portales informativos, han ido surgiendo nuevas prácticas periodísticas sustentadas en las posibilidades de interactividad que ofrece la tecnología digital: nuevos formatos de difusión y un número creciente de lectores y audiencias cada vez más exigentes con la calidad de los contenidos que consumen.

Se trata de un periodismo responsivo cuyo ejercicio descansa cada vez más en el rigor de su método, en los temas que presenta y en la novedad de las perspectivas que ofrece en su tratamiento, y que es posible gracias a los grandes espacios urbanos, modernos y conectados en los que existen tanto audiencias exigentes como mercados publicitarios lo suficientemente robustos para sostener estos proyectos.

La tercera tendencia, sobre todo en las ciudades medianas y pequeñas, es visible en la complejidad de las condiciones en las que se desempeñan trabajadores de los medios, periodistas y, ahora también, blogueros, pues ante la debilidad de públicos y mercados, distintos tipos de intereses terminan por inhibir su independencia y capacidad de vigilancia.

En este escenario, la precariedad de condiciones laborales, la dependencia del gasto publicitario oficial, la debilidad e ineficiencia del entramado legal e institucional para ofrecerles garantías de seguridad física, facilita la injerencia en su desempeño, tanto de grupos políticos como del crimen organizado, gestando así un periodismo acosado.

Este trabajo se divide en dos grandes apartados. El primero comienza con la descripción de la forma en que se gestó la relación entre los medios y el régimen político en México, así como la manera en que afectó el desarrollo del periodismo en un contexto general de censura ambiental.

Luego analiza los cambios generados por el largo proceso de liberalización política y su efecto en el sistema mediático tradicional que ha gestado un modelo mediático liberal capturado donde las prácticas, en gran medida, son las de un periodismo colaborador. El segundo apartado discute, de inicio, las condiciones que han favorecido el surgimiento de un periodismo responsivo que trata temas novedosos desde perspectivas innovadoras y se basa en el rigor profesional. Posteriormente plantea los principales retos y obstáculos que enfrenta en lo cotidiano el periodismo acosado y las consecuencias que derivan de ello.

El trabajo concluye con una reflexión general sobre el estado que guarda hoy en día la relación entre los medios, el periodismo y la democracia en México.

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