UNA CULTURA DE IGUALDAD SUSTANTIVA

UNA CULTURA DE IGUALDAD SUSTANTIVA

INTRODUCCIÓN

Es común que los términos “sexo” y “género”, así como “igualdad” y “equidad” se usen indistintamente, no obstante no ser sinónimos. El sexo es el conjunto de atributos biológicos que hacen diferentes a mujeres y hombres.

Mientras que el género es el conjunto de roles sociales que le son asignados a una persona por haber nacido con un determinado sexo. El género es un concepto cultural que puede cambiar. Hombres y mujeres somos diferentes biológicamente, pero iguales como seres humanos, debemos tener los mismos derechos como personas.

Desde el establecimiento del patriarcado se asignaron papeles diferentes a hombres y mujeres. Al hombre mandar y a la mujer obedecer. Estas concepciones atávicas han subsistido hasta nuestro presente y han impedido que exista una sociedad igualitaria. Por ello, se requiere un cambio cultural, una nueva mentalidad que cambie usos y costumbres discriminatorios a través de la educación, de un marco jurídico adecuado y de políticas públicas afirmativas.

En la Encuesta Nacional de Género1 realizada por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, podemos constatar cuánto nos falta por avanzar para cambiar a una cultura de igualdad sustantiva. El ser mujer sigue asociándose mayoritariamente con ser la cuidadora de otros, con la belleza y sensualidad.

En cambio, al hombre se le sigue vinculando con la fuerza y con el estereotipo del proveedor, protector y valiente. Sigue prevaleciendo una masculinidad hegemónica en la que los hombres poseen un deseo sexual incontrolable. Las y los encuestados no encuentran desventajas en ser hombre y sí consideran que ser mujer tiene la limitación de su propia “biología”. Prevalece el estereotipo de que los hombres son racionales por naturaleza y las mujeres emocionales.

La maternidad es considerada como condición necesaria para la realización de las mujeres. En cambio, la paternidad no es considerada ni por los hombres ni por mujeres, como condición para que un hombre se realice. Todavía el 37% de los hombres y el 25% de las mujeres prefiere que el primogénito sea un varón. Cuatro de cada diez mujeres y tres de cada diez hombres consideran que las mujeres que estudian se vuelven rebeldes, dejan de ser sumisas.

La homosexualidad, es más aceptada en hombres que en mujeres y todavía hay quien piensa que es una enfermedad. Respecto a la inserción de las mujeres en el mercado laboral, el 40.5% de los hombres consideran que es lógico que ellos ganen más que las mujeres.

Si las mujeres perciban salarios más altos que sus parejas es considerado como un problema para la armonía matrimonial, por los hombres. La manera en que se toman las decisiones al interior del hogar nos muestra la marginación de las mujeres. Éstas solo controlan el gasto para la vida cotidiana, mientras que los hombres, aún en el desempleo, tienen el control sobre el dinero y los gastos mayores. Entre el 36 y el 49% de las mujeres son controladas por sus parejas para trabajar y hasta para salir de casa.

El trabajo doméstico sigue estando casi exclusivamente a cargo de las mujeres, sufriendo la carga de la doble jornada, ya que trabajan fuera y dentro del hogar. Algunos hombres participan en quehaceres domésticos, lo hacen en actividades que demandan menos tiempo, como cambiar un foco.

La violencia es uno de los grandes problemas nacionales, por eso es de suma gravedad que nueve de cada diez hombres y mujeres en México consideren que ésta es parte de la vida familiar. La mitad de las personas entrevistadas reportó haber sufrido violencia física durante su infancia a manos de sus progenitores En la sociedad mexicana la violencia de pareja se considera todavía un asunto privado y en esa medida, se tolera y se justifica. La violencia hacia niños y niñas es más tolerada aún que la violencia hacia las mujeres.

En relación con la participación de las mujeres en la política, el porcentaje de hombres que votaría por una mujer disminuye conforme aumenta la jerarquía del puesto.

El conocimiento de las leyes es un indicador del conocimiento que tiene la ciudadanía de sus derechos y de las normas que nos rigen. Solo 55.1% de las personas entrevistadas había escuchado hablar de la Ley para prevenir la violencia contra las mujeres y los hombres han escuchado más que ellas de su existencia. El artículo 4o. de la Constitución vigente establece que el hombre y la mujer son iguales ante la ley. Sin embargo, no basta reconocer esta igualdad jurídica, hay que hacerla posible. Es preciso establecer las condiciones para que las mujeres ejerzan sus derechos. Es por ello que hay que deconstruir la cultura machista.

Existen diferencias en las percepciones, usos y costumbres, en las diferentes regiones geográficas de nuestro país. El centro se nos presenta más conservador; no obstante, en el norte y en el sur persisten las masculinidades tradicionales. La Ciudad de México junto con el Estado de México son la región que presenta una mayor tendencia hacia la igualdad entre hombres y mujeres.

El feminismo es la doctrina social que busca el reconocimiento y respeto de los derechos de las mujeres como personas, sin embargo, hay una gran ignorancia respecto a su significado, algunos creen que es una ideología contra de los hombres, y para otros es sinónimo de machismo.

Consideramos que para generar una cultura de respeto a los derechos humanos de las mujeres se deben realizar tres acciones paralelas indispensables:

1) Además de actualizar el marco jurídico para que corresponda con los tratados internacionales que nuestro país ha suscrito, que las leyes sean conocidas por autoridades y ciudadanía, para que se cumplan;

2) Garantizar la transversalidad de las políticas públicas con enfoque de género;

3) Establecer un sistema educativo formal e informal de respeto a los derechos de la persona humana, independientemente de su sexo, etnia, preferencia sexual, ideología, edad o cualquier otra condición. Los atavismos patriarcales son el fundamento ideológico de la discriminación y violencia que se ejerce en contra de las mujeres.

Estas concepciones han limitado el desarrollo de la población femenina y tienen su expresión más dramática en el alto índice de feminicidios en nuestro país. Para superarla debemos revisar su trasfondo histórico. Los argumentos que han justificado tales prácticas tienen hondas raíces y parten de concepciones filosóficas, religiosas, pseudocientíficas y legales, que avalan una pretendida superioridad física e intelectual del hombre; o la debilidad innata de la mujer. A decir de Herbert Marcuse, la revolución de las mujeres fue la más trascendente del siglo XX, y es irreversible.

Sin embargo, ha subsistido hasta nuestros días la tesis aristotélica sobre la menor capacidad intelectual femenina. Es el caso de Lawrence Summers, ex rector de Harvard, quien declaró que las mujeres teníamos menos capacidad para las matemáticas que los hombres2 o del ingeniero de Google, que dijo que las mujeres no lideran porque sus capacidades biológicas naturales no se lo permiten.

Las mujeres no constituyen un grupo vulnerable más, son más de la mitad de la población, su atención debe ser prioritaria por el efecto multiplicador que tiene en la sociedad. No solo son reproductoras de vida sino de patrones culturales. La mejor inversión que puede hacer un Estado es la educación de sus mujeres.

Un pueblo llega tan lejos como su educación se lo permite. La educación logra el empoderamiento, entendido como el dominio de sí misma, para decidir sobre su vida y su cuerpo, para ser protagonistas de la historia, sujeto y no objeto de la misma.

El mejor termómetro para medir el grado de civilización de los pueblos es ver la situación de sus mujeres. Atrevámonos a cambiar a una nueva cultura con igualdad sustantiva para todas las personas.

http://appweb.cndh.org.mx/biblioteca/archivos/pdfs/Cultura-Igualdad-Sustantiva.pdf

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