ANÁLISIS GENERAL REFERENTE AL TEMA DE LA CORRUPCIÓN PÚBLICA Y PRIVADA EN LAS DEPENDENCIAS DEL ORDEN FEDERAL, QUE LESIONAN DIRECTAMENTE LOS DERECHOS HUMANOS DE LA POBLACIÓN.

ANÁLISIS GENERAL REFERENTE AL TEMA DE LA CORRUPCIÓN PÚBLICA Y PRIVADA EN LAS DEPENDENCIAS DEL ORDEN FEDERAL, QUE LESIONAN DIRECTAMENTE LOS DERECHOS HUMANOS DE LA POBLACIÓN.

Un primer acercamiento al tema.

El sistema mexicano está formado por dos fuerzas que, en ocasiones, han entrado en ruta de colisión y que, en muchas otras, han abrazado un estado de contubernio. Esas dos fuerzas son la cleptocracia y la cleptosociedad.

Una clase burocrática y una clase ciudadano que conviven en un mundo corrosivo y corrompido creado por ambas en conjunción o por una de ellas en sometimiento de la otra.

Ellas han creado una cleptopatología que se manifiesta algunas veces en simple cleptalgia, otras en cleptitis y, en ocasiones, llega a ser un verdadero cleptoma que se ha convertido en verdadera cleptometástasis. Al final de cuentas, ese sistema binario cleptocrático y cleptosocial se unen por fuerzas gravitacionales de atracción y repulsión intensas y difíciles de liberación.

Pero así como sucedió con la aventura de la llegada del hombre a la Luna donde lo más importante no fue haber podido llegar a la Luna sino haber podido salir de la Tierra, lo más importante no será llegar al nivel angelical de honestidad pública y ciudadana sino haber salido del nivel bestiario de corrupción y corfosión en el que ahora se encuentran los mexicanos.

Como el proyecto será largo, no sabemos si lo resolveremos nosotros, nuestros hijos o nuestros nietos pero, por eso mismo, es muy importante que, en el futuro, ellos no piensen que nosotros no sólo no hicimos nada sino que además, callamos ante el problema.

Que lo solapamos con nuestro silencio, con nuestra apatía, con nuestra indolencia, con nuestra inconsciencia y con nuestra irresponsabilidad. Es bueno que se haya expedido la nueva normatividad anticorrupción, aún tomado en cuenta que es muy imperfecta y muy limitada. Pero no hacer nada nos ostentaría como cínicos.

También sería bueno tener la consciencia de que esto no se resuelve tan solo con leyes. No verlo así nos exhibiría como ingenuos.

El cinismo y la ingenuidad son una mala aleación ante uno de nuestros más graves problemas estructurales. Frente a la cuestión existen tres bandos.

Uno de ellos es el de aquellos fetichistas de la ley que consideran que la sola expedición de normas nos puede librar de la injusticia, de la inseguridad, del subdesarrollo, del desempleo, de la desigualdad, del abuso, del rezago, de la barbarie, de la corrupción, del despilfarro, de la ineficiencia y de la pobreza.

Una segunda camarilla está compuesta por aquellos idólatras del espíritu que creen que la majestad y la porcanza residen en una zona del alma donde la ley no alcanza ni para el bien ni para el mal.

Que los hombres nacen, viven y mueren buenos o malos sin el concurso de la Constitución. Que dicen que las normas anticorrupción de hoy son mejores que las de hace 50 años y eso es cierto. Pero que la corrupción está más desbocada en el 2016 que como lo estaba en 1966. Y eso es innegable.

También existe un tercer corro donde residimos los que pensamos que los problemas que son de leyes se resuelven con una reforma. Que los problemas que son de hombres se resuelven con una evolución. Y que los problemas que son tanto de leyes como de hombres se resuelven con una regeneración.

Veamos la ley. Sigue siendo un enigma si la condición «moral de los hombres se ha superado, ha decaído o ha permanecido intacta a través de los siglos. Esto no es tan solo una preocupación de la ética sino, ¿inminentemente, es una preocupación de la política.

Muy en lo personal, a muchos nos gustaría creer que los seres humanos somos, hoy, mejores que lo que lo fueron nuestros ancestros hace mil o dos mil años.

Pero considero que, sin el perfeccionamiento de nuestras normas, el comportamiento de los hombres habría sido el mismo a través de los milenios. Por ejemplo, estamos convencidos de que los gobernantes de hoy son distintos a los de ayer por obra de la ley. No porque los Césares, los Luises, los Tudor o los Romanoff hayan sido más malos que los Kennedy, los De Gaulle o los Windsor, sino porque éstos y no aquellos han tenido que conformar su conducta y, en ocasiones, hasta resignar su espíritu a la presencia, en su escritorio, de sus respectivas Constituciones.

Pero esto encierra un estímulo para nuestro porvenir. Si la ley es la que ha generado nuestra mejoría y si la ley es un producto de los hombres, ello significa que hemos sido capaces de propiciar nuestro bien y nuestro bienestar. Que nosotros podemos ser los artífices de nuestro progreso y de nuestro perfeccionamiento. Que el hombre no se conduce mejor porque hoy sea más bueno.

Se conduce mejor porque hoy tiene mejores leyes. Ahora, veamos al hombre y tengamos las suficientes dosis de realismo.

Ni todo es culpa de las leyes ni todo es responsabilidad de ellas. Porque un análisis más profundo nos previene y nos advierte sobre un posible embeleco colectivo. Si lo decimos con claridad, en verdad ¿todos los gobernados quieren que nuestros gobiernos apliquen las leyes? ¿Todos los gobernantes quieren legalidad, honestidad y justicia? ¿Todos los mexicanos, de verdad, quieren castigo para el infractor? No creo que podamos estar muy seguros de ello. No estamos planamente convencidos de que todos queramos cumplir cabalmente la ley ni como gobernantes, ni como ciudadanos, ni como contribuyentes, ni como trabajadores, ni como patrones, ni como proveedores, ni como consumidores, ni como concesionarios, ni como maestros, ni como padres y, ni siquiera, como automovilistas. Aquí aparece un riesgo real que requiere de una precaución real.

Si se acepta que la especie se supera porque mejora en su condición moral, entonces debe aplicarse a la búsqueda, para el gobierno, de los mejores hombres. La apuesta esencial será la electoral y ninguna otra apuesta. Por el contrario, si se concluye que la sociedad se ha superado en sus condiciones porque ha mejorado en sus leyes, entonces deberá aplicarse a la consecución de mejores leyes y a la mejor aplicación de ellas. En este caso, las apuestas esenciales serán la legislativa y la judicial.

Como dijimos al principio, ser al mismo tiempo desvergonzado e iluso produce una de las mayores discapacidades políticas de un gobierno y de una sociedad. Por eso, la agenda del porvenir es grande. La buena ley brinda los tres factores de potestad, de legalidad y de seguridad, indispensables en el Estado moderno. El buen gobernante brinda los tres factores de legitimidad, de efectividad y de gobernabilidad, imprescindibles en la política moderna. Y, todo ello junto, nos acercaría al estado perfecto de poder.

http://appweb.cndh.org.mx/biblioteca/archivos/pdfs/Pub-publica-privada.pdf

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