Comisión Nacional de Derechos Humanos

Comisión Nacional de Derechos Humanos

Tiempos difíciles, días oscuros para los hombres y sus ideales y valores. Tiempos difíciles para la seguridad, la libertad, el patrimonio y para la vida de las personas. Difíciles también para las instituciones y organizaciones que protegen los derechos de esas personas; incluso, para la autonomía constitucional de órganos y entidades que portan la posibilidad de una función de contrapeso respecto de otros poderes.

Lucha de siglos que no se gana de una vez y para siempre, el respeto a los derechos humanos es una batalla de avances y retrocesos que desautoriza cualquier perspectiva lineal y, sobre todo, triunfalista. Como se ha expresado en muy diversos territorios de la geografía global —por cierto, con particular frecuencia en los últimos años—, la proliferación de políticas claramente xenófobas, discursos de odio, campañas contra migrantes, populismo punitivo… ha alimentado un clima político y mediático que no solo multiplica las amenazas, riesgos y aun atentados contra los derechos humanos sino que poco a poco ha ido instalando un ánimo colectivo crecientemente permisivo a la violación de los derechos y, a un tiempo, de creciente escepticismo —cuando no de abierta hostilidad— hacia las organizaciones e instituciones defensoras de esos derechos.

A ello ha contribuido, en alguna medida, la concentración de poder y el surgimiento de liderazgos políticos con precaria lealtad democrática, que alimentan de forma deliberada los recelos y desconfianza hacia los órganos autónomos en general. Actor relevante de la sociedad global, México no se ha sustraído de estas expresiones de intolerancia y de asedio a los derechos humanos y sus organizaciones tutelares.

Perturba e intranquiliza que en un país como México, con un Estado de derecho precario, con muy elevados niveles de impunidad, donde campea la violencia y, en contraste, la cultura de la legalidad y el respeto a los derechos no ha echado raíces, estas expresiones lejos de ser desterradas del léxico político y de la vida pública nacional, encuentren ocasión y condiciones para su proliferación. Preocupa, todavía más, porque si bien en nuestra historia la defensa de los derechos humanos se puede remontar a la primera mitad del siglo XIX la constitución formal de un organismo defensor de los derechos humanos es más bien de corta data.

Preocupa que luego de casi tres décadas de existencia, los recelos, objeciones y obstáculos hacia la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) y su insustituible tarea no solo no han sido superados —no por un acto de fe, sino de los resultados ampliamente conocidos en la materia—, por el contrario, que en la actualidad se multipliquen las suspicacias frente a una labor que hoy sigue siendo tan indispensable como cuando nació el organismo. Preocupa, por lo demás, no solo el recelo sino el clima hostil y poco republicano, como si la Comisión no fuera parte insustituible de la democracia en construcción.

Los organismos autónomos no son un subproducto de la democracia, no son piezas de ornato para ataviar un régimen político con ínfulas democráticas. Los órganos autónomos no vienen después sino que son piezas democráticas consustanciales, que empujan y acompañan el proceso de democratización del régimen político, que constituyen una garantía frente a eventuales regresiones, coletazos autoritarios o manotazos al amparo de cualquier coartada. Los órganos autónomos son una línea de defensa, un límite frente al poder político. Nuestra incipiente democracia no puede darse el lujo de perder esas instituciones. A querer o no, el destino de esos órganos autónomos pesará en la suerte que corra la democracia.

Frente a un escenario de esta naturaleza, GRUPO CONSULTOR INTERDISCIPLINARIO S. C. (GCI) emprendió la realización de un estudio que, sobre la base de los debates actuales y de la experiencia nacional e internacional, aporte argumentos respecto a la categórica pertinencia y absoluta necesidad no solo de mantener sino de apuntalar a la Comisión en tanto órgano constitucional autónomo —y en esa calidad como parte del sistema de pesos y contrapesos del régimen democrático— y como defensor de los derechos humanos. Para ello, el estudio se despliega en las siguientes en líneas.

En la primera, a partir de la revisión de algunos de los debates más destacados sobre la pertinencia de los derechos humanos y sus instituciones y, por otro lado, de la relación íntima entre democracia y derechos humanos, se formula una serie de líneas argumentativas que buscan fundamentar y apuntalar el sistema no jurisdiccional de protección de los derechos humanos, encabezado por la CNDH. Desde una perspectiva externa y con base en información pública, el segundo capítulo ofrece un balance sobre la gestión de la CNDH, en cabezada por el maestro Luis Raúl González Pérez (2014-2019).

A efecto de ampliar el horizonte, el tercer capítulo da cuenta de una revisión —muy acotada— de algunos referentes internacionales que permiten perfilar ciertas tendencias globales en materia de derechos humanos.

Finalmente, en el último apartado se articulan los principales argumentos que fundamentan la pertinencia de la CNDH y, a un tiempo, la apuntalan. Bajo esa misma lógica del fortalecimiento institucional del organismo, se plantean algunas recomendaciones estratégicas. Además del apuntalamiento institucional de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y, en consecuencia de la democracia mexicana —que vive horas bajas—, este estudio participa de esa convicción, cultivada durante décadas por ese gran maestro Norberto Bobbio, acerca de que estos tiempos difíciles, estos días oscuros, deben ser, también, el tiempo de los derechos.

http://appweb.cndh.org.mx/biblioteca/archivos/pdfs/Pub-Tiempos-Dificiles.pdf

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