FUENTES HISTÓRICAS CONSTITUCIÓN DE  1917. VOLUMEN III 1831-1915

FUENTES HISTÓRICAS CONSTITUCIÓN DE  1917. VOLUMEN III 1831-1915

A la mitad del trayecto desde el año de 1794, cuando nació en Chamácuero de Comonfort, en el actual estado de Guanajuato, hasta su muerte en París en 1850, como una suerte de parteaguas, se halla el año de 1821, cuando se consumó la independencia de nuestro país.

Ello sitúa a nuestro personaje entre quienes recibieron con gran ilusión y optimismo el advenimiento de la liberación de su patria y, en su caso concreto, ayudado por sus muchos años de vida y sus fuertes raíces en “provincia”, con una gran vocación federalista. Su nombre completo, según quedó estampado en 1812 en el diploma que lo acreditó como bachiller, fue Joseph María Servín de la Mora Díaz Madrid, conocido ahora con otro más sencillo: José María Luis Mora. Pero es el curioso caso de que “Luis” no apareció hasta 1827, sin que podamos explicarnos de dónde salió.

Precisamente en el referido año de 1821 inició una veloz carrera periodística en publicaciones de relieve en su tiempo como El Sol, La Libertad y El Águila y que, con la ayuda de su empeño y de la buena formación que traía, aunque fuera religiosa y colonial, de la Escuela Real de Querétaro y del Colegio de San Ildefonso de la Ciudad de México, según Charles A. Hale, diez años después sería reconocido como el teórico más importante “del partido de la reforma nacional, campeón del anticlericalismo” y poseedor de una visión utilitarista muy clara del progreso social.2 Su vida en la gran ciudad lo mantuvo al margen de la turbulencia insurgente, pero a partir de 1820 se apoderó de él una verdadera “euforia constitucional” a favor de la famosa “Pepa”, proclamada en Cádiz en 1812.

Recuérdese que la primera vigencia de dicha Carta gaditana resultó ser muy breve. Primero, porque su implementación fue entorpecida lo más que pudieron las fuerzas conservadoras de España y América y después, a poco de haberse logrado, Fernando VII regresó a España de su cautiverio en Bayona y, lo primero que hizo al desembarcar en Valencia, el 4 de mayo de 1814, fue abolir todo lo que se hubiera acordado y establecido desde que Napoleón lo apresó, junto con su padre, en 1808.

Pero recuérdese también que, seis años después, en 1820, la rebelión del coronel asturiano Rafael Riego en España, iniciada el primer día de este año, obligó al monarca a jurar la llevada y traída Constitución y convertirla en la suprema ley de todo el vasto imperio. Ni la Carta ni riego sobrevivieron al año de 1823, pero por lo que hace a México ya no volvería atrás.

Es normal el entusiasmo del joven Mora por dicho documento, pues se establecían en él muchos principios convenientes no sólo a las colonias americanas sino también a quienes, sin saber precisar bien a bien lo deseado, anhelaban una generalizada transformación social.

 Esta fue precisamente la razón por la cual los partidarios en México del antiguo régimen procuraran darle carpetazo a los cambios procediendo precisamente a la separación de España, pero cuando esto sucedió y, sobre todo, cuando Iturbide se proclamó Agustín I, no sólo se había difundido lo suficiente el espíritu de la dicha Carta gaditana, sino que, además, habían empezado a circular los preceptos federales de la Constitución de los Estados Unidos de América, aunque fuera, según se dice, mediante una mala traducción de ella que se hizo en Puebla.

Mora y colaboradores, entendieron que el federalismo norteamericano se asemejaba, por ejemplo, a los principios que dieron lugar al establecimiento de las diputaciones provinciales en la América española que, además de soslayar una buena dosis del espíritu colonial, representaban el derecho de las diferentes provincias de gobernarse a sí mismas con una crecida dosis de autonomía.

Estos tiempos, hasta la promulgación de la primera Constitución mexicana, a finales de 1824, son los que marcan el distanciamiento definitivo de Mora con la jerarquía eclesiástica, a pesar de que estaba a cargo de la cátedra de Filosofía en San Ildefonso —o precisamente por eso.

Como lo señala Jesús Reyes Heroles, Mora marcó la pauta de lo que habrían de esgrimir los liberales para establecer la separación de la Iglesia del Estado, con base en que, al prescindir del patronato eclesiástico y del concordato con la Santa Sede, se podría “no sólo afirmar la potestad civil y la supremacía del poder político, sino realizar la cabal secularización de la sociedad”.

Fue la época en que el todavía joven Mora emprendió también sus estudios de abogado, cuyo título le fue concedido por la Audiencia del Estado de México después de presentar un brillante examen que demostró conocer perfectamente el contenido de la Constitución que se acababa de promulgar.

A su simpatía por Cádiz y por el federalismo, cabe agregar su entusiasmo también por el liberalismo constitucional esgrimido por el francés Benjamin Constant en su famoso curso de política constitucional publicado en el idioma nativo de este entre 1816 y 1820. También influyó en Mora su folleto Reflexions sur les institucions, editado en 1810. Como defensor de los preceptos de la Constitución fue que Mora publicó en 1831 el breve texto titulado Catecismo político de la Federación mexicana, que se publica a continuación.

La palabra “catecismo” tiene aun hoy, es verdad, como lo tuvo originalmente, una fuerte connotación eclesiástica, pues precisamente con intención doctrinal se han elaborado muchos textos con este título, a base de preguntas y respuestas.

Pero lo cierto es que un “catecismo” es también, en sentido estricto, una suerte de sinónimo de compendio, sumario o resumen… Asimismo, precisamente para enseñar preceptos religiosos a niños o personas de instrucción limitada, se recurría a preguntas y respuestas sencillas y precisas, en espera de que estas fuesen simple y sencillamente memorizadas por los alumnos sin esperar de ellos razonamiento alguno… Como lo estableció Kant, el método del interrogatorio o “erotemático” podía ser de dos modos: el “dialógico” o “socrático” que, según Abbagnano, pretende aprovechar “la razón del interrogado”, y el “catequístico” que se dirige solamente a la memorización, como corresponde a lo que tiene que aceptarse sin mediar ningún tipo de discusión ni de análisis.

Pero es cierto también que en el siglo xix los positivistas mostraron predilección por esta forma de enseñar. Es emblemático el famoso Catecismo positivista de Augusto Comte, ariete de dicha doctrina, mismo que data de 1852. Pero hubo otros anteriores como el de Saint-Simon, quien preparó su Catecismo de los industriales (publicado en 1824), y también el de José María Luis Mora, que fue dos décadas anterior al de Comte. Su intención es difundir el conocimiento de la Carta Magna de 1824, así como su espíritu federalista y en buena medida democrático, y hacerlo con un texto breve y eficaz.

Asimismo, no es remoto que haya recurrido también a las preguntas y respuestas debido a su experiencia cuando él mismo fue catequizado en Querétaro y hasta en San Ildefonso, pero, eso sí, con un sentido totalmente distinto que no debieron ver con agrado sus maestros-curas, máxime que los positivistas con frecuencia entendían su credo como una suerte de “religión científica” destinada a erradicar y sustituir a la religión católica. Cabe reconocer que, a pesar de su extraordinaria evolución intelectual, Mora no deja de manifestar en algunos momentos una cierta rigidez propia del pensamiento religioso.

Tal es el caso, por ejemplo, de su concepción, hoy día muy relativa por parte de los mejores pensadores, de conceptos como “justo”, “verdadero”, “bueno”, “legal”, etcétera. Vale subrayarlo: hay ocasiones en que Mora es llevado por sus propios razonamientos a flexibilizar un poco estos términos, pero también lo es que hay ocasiones en que resulta categórico y rígido. También debe asentarse que difícilmente podía haber sido de otro modo en su tiempo y condición, en tanto que, tomando en cuenta precisamente sus circunstancias, sorprende la modernidad de muchos de sus argumentos, principios y razonamientos.

No cabe duda de que don José María Luis Mora fue un hombre que se adelantó a su tiempo, aunque no dejó de influir sobremanera en el que le tocó vivir. Aun hoy, la lectura de este Catecismo político de la Federación mexicana constituye una gran ventana para el conocimiento y el entendimiento de aquella Constitución, cuya importancia, por cierto, es mayor de lo que mucha gente opina en el camino seguido para forjar el pensamiento constitucional mexicano moderno y la idea de un país más justo que sigue motivando a muchos. Sorprende, por tanto, que este Catecismo… haya sido soslayado por algunos estudiosos de la obra de Mora.

¡Qué bueno que ha sido tomado en cuenta en esta recopilación de raíces de la Constitución que ahora nos rige!

DESCARGA GRATIS:

https://drive.google.com/file/d/1jhV6-KHeYV7itrO9Rcsb7OlAdwPTnww8/view?usp=sharing

O

http://biblioteca.diputados.gob.mx/janium/bv/lxiii/fue_hist_cons_1917-III.pdf

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*