México, ajustando cuentas con la historia (justicia transicional fallida)

México, ajustando cuentas con la historia (justicia transicional fallida)

INTRODUCCIÓN

La conciencia del pasado es constitutiva de la conciencia histórica, escribió Raymond Aron. El hombre realmente no tiene un pasado, más que si tiene conciencia de tenerlo, “porque sólo esa conciencia introduce la posibilidad del diálogo y la elección”.

De otro modo, los individuos y las sociedades llevan en sí un pasado que ignoran, (pero) que sufren pasivamente. No en balde el filósofo George Santayana sentenció: “Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo”. Lezlek Kolakowsky lo dice de una manera más cruda: “Es preciso apropiarnos de la historia con todos sus horrores y monstruosidades, con su belleza y esplendor, su crueldad y sus persecuciones, para saber quiénes somos y cómo debemos proceder. El derecho a la verdad y a la justicia tejen la trama de la condición del hombre”.

Sobre esta base, vale preguntarse, ¿cuál es el sentido, la validez o pertinencia de recuperar la historia de una etapa y de un proceso que quiso, precisamente aportar la verdad y la justicia, pero fracasó en el campo de la justicia transicional? O, lo que es casi lo mismo, ¿cuál es la pertinencia de narrar la historia de un nuevo triunfo de la proverbial impunidad mexicana?

El sentido, creo, es mostrar cómo y por qué ocurrió ese proceso y ese fracaso, las causas y razones del mismo; preguntarse si el proceso de justicia transicional en realidad existió, si habiendo existido, en su caso era parte de una entidad más amplia, por ejemplo la transición democrática en el país (y por tanto si este fracaso afectó la transición, y en qué grado); la pertinencia de mostrar quiénes fueron los actores políticos y sociales que participaron directa o indirectamente en el proceso y cómo se comportaron en el mismo, su talante ético y moral, qué partido adoptaron, qué valores o contravalores pusieron en juego; qué relación de fuerzas se conformó; qué consecuencias tuvo el fracaso de este proceso en la vida política e institucional del país, y qué lecciones podemos sacar de esa experiencia. Importa saber cuáles fueron las dimensiones del proceso mismo.

La historia de este periodo la conocemos, pero fragmentada; cada quién –actor o testigo– la cuenta o la entiende de acuerdo, como se dice coloquialmente, a cómo le fue en la feria. Ciertamente están los ensayos de Sergio Aguayo Quezada y de Javier Treviño Rangel, además de lo que el propio Fiscal Especial Ignacio Carrillo Prieto ha escrito al respecto, pero tanto unos como otro son de carácter más bien coyuntural.

También contamos con una serie de (valiosos) análisis teórico-jurídicos que sobre este proceso se dieron, como los de Fernando Silva y Eduardo Ferrer Mac-Gregor, aunque de difusión restringida. Además, por su naturaleza, no es ésta una historia que atrape la imaginación del amplio público. Sólo por ello merece ser contada y recapitulada.

Si además aporta elementos para comprender nuestra historia reciente, y de dónde vienen algunas de nuestras principales asignaturas pendientes, sobre todo en el campo de la justicia y los derechos humanos, el autor se dará por satisfecho.

Un elemento adicional reside en que esta historia requiere ser contada, para su mejor intelección, teniendo como telón de fondo la emergencia del movimiento de los derechos humanos en el mundo, su caracterización (un tanto milenarista) como La última utopía, los cuestionamientos de que ha sido objeto tanto teórica como políticamente; su conversión en piedra de toque para juzgar la naturaleza profunda de los gobiernos y más allá, la de los Estados nacionales.

Es también una reflexión sobre la ética, no en su sentido teórico o filosófico, sino en su sentido práctico, esto es, la pregunta sobre los valores éticos que proclamaron (o callaron) unos y otros actores del drama histórico de nuestro tiempo y lugar, en particular hablamos de los valores de verdad y justicia. Pues, como lo señala Eugenio Trías, “una ética que no se atenga a las condiciones (humanas) de su posible realización a través de la acción no puede legitimarse como tal; pero una ética que degrade al ser humano a condiciones inhumanas tampoco puede justificarse como ética genuina”. No sólo: sería precisamente lo antiético.

Pero hablar de ética nos lleva a preguntarnos también por el mal, en el sentido de resorte y rasgo constitutivo, no único, de la condición humana, y su asociación filosófica con el poder y sus pulsiones a través de la historia. Así, el mal no sería tanto un concepto, como un nombre para lo amenazador,

[…] algo que sale al paso de la conciencia libre y lo que ella puede realizar. Le sale al paso en la naturaleza, allí donde ésta se cierra a la exigencia de sentido, en el caos, en la contingencia, en la entropía, en el devorar y ser devorado, en el vacío exterior, en el espacio cósmico, al igual que en la propia mismidad, en el agujero negro de la existencia. Y la conciencia puede elegir la crueldad, la destrucción por fuerza de ella misma. Los fundamentos para ello son el abismo que se abre en el hombre.

Abismos como los que refiere Jorge Semprún, cuando refiriéndose al Holocausto señala que “exterminios y genocidios ha habido siempre en la historia, pero una de las novedades que hace tan singular el exterminio del pueblo judío es el aspecto industrializado que tiene”. Y precisa: “Cuando uno piensa que los trenes de deportados tuvieron prioridad absoluta sobre los trenes militares, aun perdiendo los alemanes la guerra, uno no puede más que exclamar qué locura es ésta”.

Es la locura del mal, del mal absoluto, la experiencia de una idea política que sólo puede materializarse a través del homicidio a escala ampliada, del asesinato de masas enormes de seres humanos, condenados sin juicio y sin compasión por su raza, su condición social, su ideología y/o religión.

La experiencia del mal absoluto nos ha obligado de algún modo a volver la mirada a la ética y su relación con los derechos de las personas, que en esta concepción establece una mojonera difícil de evadir: el “control y la verificación” de la validez de todo discurso ético sobre la dignidad de una condición que pueda ser reconocida como humana, tiene que ser remitida y comprobada en el trato y la consideración concedidos a los condenados de la tierra: los marginados, los expulsados del sistema, los desaparecidos o ejecutados en nombre de la razón de Esta do, las mujeres, los niños, los migrantes, las minorías, los deportados, las víctimas y sus familiares.

Parte central de esta historia de renacimiento y actualización de los derechos del hombre es lo que se ha dado en llamar la Cascada de la Justicia, que se refiere precisamente a los procesos (básicamente penales, aunque no sólo) por medio de los cuales los Estados y/o los tribunales internacionales, juzgan y sancionan (cuando lo hacen) los crímenes de lesa humanidad y las violaciones graves a derechos humanos, a veces con gran dilación en el tiempo, con avances y retrocesos, lo que finalmente es propio de los procesos históricos.

Lo anterior apunta a un hecho de la mayor importancia: los últimos 60 años han sido un tiempo de grandes convulsiones y transformaciones a nivel planetario, convulsiones que algunos esperaban pudieran entrar en un proceso de equilibrio tras el fin de la II Guerra Mundial y la conformación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), pero sin embargo no fue así. Guerra Fría, golpes de Estado, dictaduras militares, luchas y revoluciones de liberación nacional, guerras civiles, genocidios, transiciones a la democracia, océanos de sufrimiento humano, han sido rasgos y fenómenos comunes a todos los continentes y a numerosos países, sobre todo del mundo subdesarrollado (o, como se dice eufemísticamente, en “proceso de desarrollo”).

Éste es el escenario y el telón de fondo sobre el que se desarrolla el drama mexicano. En este contexto, este libro se interroga (e intenta responder) sobre un hecho paradójico pero muy relevante. ¿Cómo fue que ocurrió el fenómeno de la justicia transicional en México, y cómo fue que éste se resolvió en fracaso? Y enseguida, ¿cómo fue que este fracaso le abrió el paso, dialécticamente, esto es, contradictoriamente, a un cambio fundamental en la Constitución y en las leyes del país, primero con las sentencias de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos sobre el caso Radilla (2009), luego con las reformas constitucionales de derechos humanos del verano de 2011 y, simultáneamente, con las resoluciones de la Suprema Corte mexicana que admiten en definitiva la competencia de la Corte Interamericana para México y el reconocimiento a su jurisdicción como firmantes que somos de la Convención Americana sobre Derechos Humanos? Es decir, no todo fue fracaso, no todos los esfuerzos fueron inútiles y, al final, algo de gran trascendencia avanzó en un proceso histórico que tiene, como objetivos últimos (aunque no predeterminados), el cese de la violencia arbitraria de unos hombres sobre otros, al amparo de la fuerza o de la retorcida aplicación de una justicia de privilegios, facciosa y falaz.

http://appweb.cndh.org.mx/biblioteca/archivos/pdfs/Mexico-Ajustando-Cuentas.pdf

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