LA CONCERTACIÓN POLÍTICA EN CONTEXTOS DE DEMOCRACIAS FRAGMENTADAS: EL CASO DEL PACTO POR MÉXICO

LA CONCERTACIÓN POLÍTICA EN CONTEXTOS DE DEMOCRACIAS FRAGMENTADAS: EL CASO DEL PACTO POR MÉXICO

La democracia entendida como una forma de organización del Estado y un sistema de vida fundado en el constante mejora[1]miento económico, social y cultural del pueblo, no ha llegado a su consolidación en México. La elección presidencial del año 2000 generó grandes expectativas políticas y sociales, pero luego de las siguientes dos administraciones gubernamentales se tuvo una percepción —prácticamente generalizada— de desencanto hacia las instituciones, los actores y el sistema democrático en su conjunto.

Ello nos obliga a cuestionar cómo es que el cambio político que se produjo en aquel año devino en su descrédito y no en la consolidación del sistema democrático, a pesar del gran capital social y político en torno a los primeros gobiernos surgidos de la oposición. Sobre ello, los especialistas coinciden en que la falta de alianzas, pactos y acuerdos de mediano y largo plazo entre los actores políticos terminó limitando prematuramente las oportunidades de desarrollo para nuestro país.

En el presente trabajo se pretende reflexionar en torno a la importancia de la concertación política en el contexto de las democracias fragmentadas o gobiernos divididos y, en particular, en el impacto que ha tenido el Pacto por México y sus resulta[1]dos: las reformas estructurales. En el primer capítulo, denominado “Las vicisitudes de la gobernabilidad democrática”, se aborda el marco teórico referencial, partiendo del cuestionamiento acerca de cómo debe organizarse políticamente una sociedad moderna en la que coexisten ciudadanos decepcionados, paradigmas ideológicos y políticos profundamente antagónicos, leyes insolventes y un Estado de derecho seriamente cuestionado.

La respuesta a esta interrogante nos lleva a un estudio más de[1]tallado de la democracia, del cual se desprenden dos contextos de significado: el ideal, que alude al principio universal y abstracto de la soberanía popular; y el real, concerniente a la racionalización e institucionalización del poder en el marco de una teoría constitucional y jurídica de la soberanía, para la que el Estado, como monopolio legítimo de la violencia, es antitético a toda expresión que exceda los márgenes del derecho. Es así como, a partir del concepto de democracia, analizamos la correlación entre el “deber ser” y el “ser”, producto de una distante realidad en la que imperan formas escasamente políticas.

La idea consiste en mostrar la necesidad de superar la dicotomía entre el ideal democrático y su realidad, estableciendo los parámetros institucionales a partir de los cuales se pueda garantizar un tipo de gobernabilidad acorde con los principios democráticos y representativos. Los principales eslabones conceptuales que articulan este capítulo giran en torno a cuatro categorías: gobernabilidad democrática, división de poderes, gobiernos divididos y concertación.

El presupuesto fundamental es que las democracias modernas no se agotan en los marcos formales de la política y tanto menos cuando éstos (los congresos y gubernaturas) se hallan extraordinariamente polarizados, fragmentados o divididos en sus fuerzas constitutivas. De allí que sea importante repensar la noción de concertación como condición sine qua non de la política pragmática en todos los niveles de gobierno y en la dinámica parlamentaria, más allá del tradicional principio de división de poderes.

El capítulo segundo, “La experiencia internacional”, es un es[1]bozo general que aborda los principales acuerdos políticos y sociales en la búsqueda de la democracia. El objetivo es observar las similitudes o diferencias que acompañaron los procesos de transición en otros países, para entender mejor el carácter de las reformas de los últimos años en México, como se verá en el capítulo tercero. Se trata del estudio de tres modelos de gobernabilidad y cambio político sobre los que es preciso ahondar.

El primero comprende las transiciones democráticas de España y Chile, en donde el cambio supuso la negociación entre todos los actores, incluidas las estructuras institucionales de la dictadura, en medio de intermitentes “crisis” de gobernabilidad. El segundo modelo está representado por dos de las más estables y longevas democracias en la historia, Suiza y Estados Unidos, y se caracteriza por[1]que los procesos políticos han debido desarrollarse y superarse a sí mismos, siempre bajo dinámicas interinstitucionales pacíficas, con gobernabilidad “normal” y sin abandonar los cauces legales, por lo que el cambio fue constante y nunca implicó el rompimiento con sus estructuras político constitucionales.

En tercer lugar, se aborda el modelo de cambio sudafricano que encarna un tipo de transición en contexto de conflictividad e “ingobernabilidad”, con la particularidad de que, en este caso, los elementos que operaron a contra corriente de la instauración democrática fueron de carácter étnico racial y neocolonial.

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