Diálogo y democracia

Diálogo y democracia

El diálogo es urgente hoy más que nunca. Los estudios sociológicos consideran que es democrático un sistema político que acepta una pluralidad de opiniones y de formaciones políticas. Por ello es que el diálogo representa un elemento fundamental de la democracia y, al lado del respeto, puede ser considerado como uno de los pilares fundamentales de la convivencia social ya que hace posible la coexistencia pacífica entre los diferentes miembros de una determinada sociedad.

El diálogo, en sentido filosófico general, representa un intercambio de opiniones y argumentaciones entre individuos o grupos que se encuentran en desacuerdo sobre aspectos considerados esenciales, con el objetivo de encontrar una mediación o una superación de esa contraposición. Una rápida mirada a la historia de las ideas y del pensamiento político así lo testifica: en la antigua Grecia el diálogo coincide con el carácter y el método mismo del filosofar.

Para buena parte del pensamiento antiguo el diálogo no es sólo uno de los modos en los que puede expresarse el pensamiento filosófico, sino representa además una manera privilegiada de fortalecer los acuerdos y pactos. Basta recordar la alta estima que los presocráticos sentían por la retórica y por los recursos sofísticos que empleaba. De esta forma, para Sócrates, por ejemplo, la filosofía representa la búsqueda común de la verdad, la cual es posible solamente a través del procedimiento dialógico.

Platón, en su obra Diálogos comparte este punto de vista y reproduce literalmente este carácter de la investigación asociada. Por su parte, Aristóteles muestra alta estima por la retórica y la considera, como diríamos hoy en día, una forma de comunicación entre una persona de prestigio, de elevada posición y alta credibilidad, y el destinatario de sus manifestaciones, cuyo espíritu queda transformado por éstas.

Por ello, durante el Medievo, cuando el diálogo pierde su centralidad, permanece como un útil método de investigación y de exposición como confirman las famosas disputas teológicas o disputatio. Recordemos que en la escolástica medieval, la disputatio –junto con la lectio– integraban los métodos esenciales y omnipresentes en la enseñanza y en la investigación.

La disputatio era una técnica de examen en las universidades y era también una referencia que designaba originariamente los debates entre cristianos y judíos, y posteriormente, las disputas entre católicos y protestantes.

El diálogo fue revitalizado durante el Renacimiento a través de autores como el filólogo y teólogo Erasmo de Róterdam, quien mantuvo un intenso diálogo epistolar con el líder protestante Martín Lutero. Ambos rechazan la cerrazón del Medievo y dedican sus esfuerzos a promover la ruptura de la enciclopedia medieval del saber.

El humanismo de la época considera a la persona como un ser dotado de razón y entendimiento, hace explícita la elaboración de una nueva cultura que se basa en un aspecto clave: un cambio de actitud del individuo frente a la vida y el mundo.

La persona es artífice de sí misma, y por esta razón debe construirse y cultivarse a sí misma para conquistar su lugar en el universo. Es la celebración de la libertad humana y la defensa de la dignidad de la persona con autores como Giovanni Pico della Mirandola, quien en su Discurso sobre la dignidad del hombre afirma el derecho inalienable a la discrepancia y el respeto por las diversidades culturales, estimulando el enriquecimiento de la vida a partir de la diferencia.

Durante la época moderna el diálogo renueva su importancia a través del idealismo alemán permitiéndole reproducir la estructura dinámica de la realidad misma a través de la intersubjetividad. Por ejemplo, el filósofo y matemático Edmund Husserl o el hermeneuta Wilhelm Dilthey consideran necesario fundamentar ontológica y socialmente al “otro sujeto”; en ellos la intersubjetividad se usa para referirse al acuerdo entre las partes. Se dice que existe intersubjetividad cuando se acuerda un determinado significado o definición de la situación.

En el siglo XX el diálogo es reivindicado por la filosofía contemporánea, sobre todo con importantes autores como el teólogo y filósofo Franz Rosenzweig y sus discípulos no menos relevantes Walter Benjamin y Emmanuel Levinas.

Para este último, en la relación interpersonal existe un primado del “otro” cuya alteridad infinita es garantía del carácter ético del diálogo. Otro autor fundamental del esquema dialógico es el filósofo Martin Buber, quien a través de sus obras de carácter existencialista promueve su célebre “filosofía del diálogo”, la cual constituye un aporte al amanecer de un nuevo humanismo según el cual es necesario resaltar los valores fundamentales de la vida humana, expresados sobre todo por la solidaridad, el respeto por el otro, la tolerancia y la no discriminación.

Recordemos que el concepto diálogo proviene del latín dialǒgus y del griego diálogos y se refiere a una conversación o una discusión entre dos o entre varios. Es un discurso o argumentación que se desarrolla entre las personas y se contrapone al monólogo en cuanto discurso que mantiene una persona consigo misma.

El monólogo es una alocución que se lleva a cabo en soledad. Por el contrario, el diálogo constituye una narrativa o exposición en la que intervienen diversos sujetos de manera directa y donde los interlocutores establecen comunicación sin interferencias de algún tipo. El diálogo tiene como objetivo fundamental permitir la manifestación de las propias ideas para eventualmente producir cambios de opinión.

También puede ser considerado como un género de la obra literaria prosaica o poética. En este sentido, el diálogo es una forma de conversar, discutir y responder a un determinado discurso. En otras palabras, el diálogo implica el respeto y la tolerancia entre quienes lo practican. El diálogo proyecta la imagen de una conversación entre diferentes personas que alternativamente manifiestan sus ideas.

En palabras coloquiales significa una plática o controversia entre dos o más personas que a través de su ejercicio posibilitan llegar a puntos de coincidencia. Del diálogo deriva la comunicación interpersonal, la forma de entendernos y, lo más importante, el trato que nos damos.

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