Democracia y educación

Democracia y educación

La democracia mexicana se encuentra en una contrariedad: gradualmente, con un enorme esfuerzo, construimos un sistema electoral y una institución, el INE, que aseguró la imparcialidad y la transparencia en el conteo de votos.

El resultado es que hoy existe una pluralidad política que se refleja directamente en la distribución de los puestos de gobierno. Además, gracias a estas circunstancias, en los últimos 18 años se ha dado una rotación de partidos en el control de la Presidencia de la República. Desde ese punto de vista –electoral– puede decirse que México ya logró consolidar un régimen democrático. Pero desde el punto de vista de la cultura política hay síntomas inquietantes.

En la encuesta de Latinobarómetro de 2018, por ejemplo, sólo el 38% de los encuestados mexicanos manifestó apoyar la democracia. Otro 38% dijo que le daba lo mismo un régimen democrático que uno no democrático.

El 11% de los mexicanos encuestados expresó, sin ambages, que prefería un régimen autoritario. Se trata de algo paradójico pues en 2018 se produjo una de las elecciones presidenciales más concurridas y en la cual el candidato triunfador, Andrés Manuel López Obrador, obtuvo una mayoría contundente de 53% de votos.

Se ha argumentado que en esta elección se manifestó el malestar profundo de la sociedad frente a las políticas conservadoras de los sexenios anteriores, pero esta expresión no hubiera sido posible de no haber existido una maquinaria electoral imparcial y transparente.

Aun así, las ideas, creencias y valores políticos de los mexicanos no concuerdan mucho con los parámetros democráticos. ¿Cómo explicar este desencuentro? ¿Qué factores han influido para producir este pobre desarrollo de la cultura democrática? Se trata de un problema complejo para el cual no tengo respuestas satisfactorias.

La educación ciudadana se construye con la influencia de diversas agencias: la escuela, el Estado, los partidos políticos, los medios de comunicación, los organismos de la sociedad civil, etcétera. Me detendré a reflexionar sobre dos de estas agencias: los partidos políticos y la escuela.

Pienso que los partidos políticos no han hecho una contribución significativa en la difusión de los valores democráticos. Parece obvio que en estas cuatro décadas ninguno enarboló la democracia como bandera política principal ni realizó tareas significativas para la educación democrática de la sociedad.

Por el contrario, en este lapso los partidos han dado muchas veces lecciones de antidemocracia. Es sobresaliente la huella no democrática que dejó sobre la cultura política el accionar del “partido oficial”, es decir, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que desde su fundación se manifestó como un partido corporativo, clientelar, presidencialista, que utilizaba recurrentemente el clientelismo, la corrupción y la manipulación de masas para conservar sus posiciones de poder.

Por su parte, los grupos y partidos de izquierda han tenido siempre una actitud vacilante respecto a la democracia y, en realidad, nunca saldaron cuentas –de manera explícita y clara– con su pasado marxista-revolucionario ni manifestaron de forma categórica su adhesión a los principios democráticos.

Recordemos el caso del Partido Comunista Mexicano (PCM), organización que defendió invariablemente la tesis de la revolución como medio para acceder al poder y que combatió activamente las ideas democráticas. En los años setenta los comunistas en la universidad usaban el calificativo “demócrata” para descalificar a sus adversarios reformistas. Sólo en las postrimerías de su existencia el PCM se adhirió a la vía democrática. Una buena parte de la izquierda se forjó en las batallas universitarias.

El movimiento de 1968 fue en esencia una expresión de los anhelos democráticos de la sociedad; pero, en virtud de su desenlace violento (la masacre de Tlatelolco), se convirtió en fuente de militantes para organizaciones revolucionarias (maoístas, trotskistas, guerrilla urbana, etc.) que vieron en la masacre del 2 de octubre la demostración fehaciente de que la vía democrática estaba agotada.

Estas organizaciones pregonaron actitudes radicales y un activismo compulsivo e irreflexivo que llevaba invariablemente a la confrontación, al irrespeto por las normas (burguesas) y a los medios de lucha violentos. Cuando se abrió, en 1977, la oportunidad de competir en la arena electoral, los militantes de esas organizaciones se integraron a la lucha partidaria y electoral, pero sin que en esa incorporación mediara un saldo de cuentas con su pasado marxista-revolucionario.

Durante estas décadas fue evidente que los partidos de izquierda conservaron valores y conductas ambivalentes o de rechazo abierto hacia la democracia. De alguna manera, estos grupos llevaron al campo electoral las actitudes y conductas que desarrollaron durante su etapa de activismo revolucionario.

Por su parte, el Partido Acción Nacional (PAN), aunque nació asociado a los principios democráticos, nunca intentó, o nunca pudo, convertirse realmente en “el partido de la democracia”, es decir, en la fuerza impulsora de un orden político nuevo sustentado en la participación activa de los ciudadanos y en valores como la libertad y la legalidad.

Al parecer, las fracciones democráticas de ese partido fueron derrotadas por las corrientes conservadoras asociadas a la gran empresa o a la Iglesia católica. Una vez que ganó el poder presidencial, en el año 2000, el PAN no emprendió la reforma democrática que muchos esperaban y, en cambio, repitió las pautas nocivas del modelo político del PRI.

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