Comunicación y democracia

Comunicación y democracia

Toda discusión sobre la “democracia” tiene una carga valorativa, pues el término pertenece por derecho propio al dominio de la ideología y la utopía. Esto sucede necesariamente con los conceptos que, dentro de las ciencias sociales, se refieren a procesos, tendencias o movimientos históricos hacia estados “deseables”, o que tienen implicaciones potenciales directas de políticas públicas, tales como “democracia”, “desarrollo”, “participación social”, “gobernabilidad”, etcétera.

Aunque parezca paradójico o contradictorio, a pesar de que no se puede evitar partir de posturas valorativas, las ciencias sociales deben tender hacia un cierto alejamiento axiológico con respecto a sus objetos de estudio, aunque quizás frecuentemente no lo logren.

Pero las ciencias sociales, a diferencia de las naturales, confrontan objetos que nos envuelven, en el doble sentido de que nos rodean y nos involucran a quienes nos dedicamos a ellas como profesión. Es decir, somos parte de aquello que analizamos.

En una doble hermenéutica, interpretamos nuestras propias acciones e interpretaciones y las de nuestros semejantes. Es difícil que un electrón critique el orden subatómico por “injusto” y que proponga mejores formas de “convivencia nuclear”; pero no se pueden soslayar las inequidades e injusticias sociales y humanas, en aras de una “objetividad científica”, imposible de lograr. Conceptos como “democracia” evocan y proponen proyectos utópicos de convivencia y orden social.3Con frecuencia, cuando se define el concepto, más que aducir datos de la experiencia, o casos existentes o que han existido, se hace referencia a aspectos “deseables” que caracterizarían un estado ideal, utópico.

De hecho, se suele partir de un “tipo ideal” de democracia para después comparar el modelo ideal con el o los casos concretos que se analizan. Por otro lado, un adecuado equilibrio entre la teoría y la evidencia empírica, acompañado por una posición ética apropiada, puede llevar hacia avances epistemológicamente sólidos en el conocimiento, seguidos por propuestas utópicas “realistas”, es decir, realizables, en beneficio de la propia especie humana y su convivencia con el entorno en que le tocó existir.

En eso consiste la ciencia social crítica. No se niegan los valores y las convicciones, pero se opera con rigor lógico, teórico y metodológico, a fin de aportar conocimiento nuevo y útil.

En todo caso, creo en la necesidad y en la posibilidad de que la democracia se amplíe y profundice en México, en tanto forma participativa y deliberativa, dialógica, de convivencia social y política. Como se argumentará adelante, la comunicación es consustancial a la democracia.

En este sentido, los medios masivos de comunicación han tenido y deben seguir teniendo un papel importante en los procesos democratizadores, aunque como se verá después, no se tiene la certeza de que los medios pueden cumplir un papel de “variables independientes” por sí solos y dada la forma prevaleciente, concentrada, en que se han desarrollado en prácticamente todos los países.

Otra aclaración pertinente: no creo que exista (todavía) o que haya existido ya la sociedad completamente ideal: igualitaria, participativa, solidaria y justa,8 y por lo tanto, que la historia haya llegado todavía a ningún fin y consecuentemente no hay aún registro de una democracia “total” o “completa” o “terminada”.

En la producción de conocimiento, el hombre solamente puede aspirar a un eterno acercamiento, siempre asintótico, a la verdad; de la misma forma, en el campo de la construcción de una “mejor sociedad”, dadas las contradicciones de la naturaleza humana, también solamente podemos ir generando acercamientos históricos sin que podamos llegar a algo así como “el cielo en la tierra”.

Siempre habrá algo que mejorar (o que “componer”, que descompusimos antes). No creo que la historia se “termine” nunca, como no sea con el holocausto nuclear o algo similar que lleve al fin del mundo.

La democracia, como cualquier otro proceso histórico, no es entonces un “estado final”, sino precisamente un proceso histórico, en flujo continuo, devenir constante, sin punto de llegada final. Se tiene que ir constituyendo históricamente; se debe mejorar continuamente. Si bien es mucho lo que se ha avanzado en las concepciones de la democracia desde los griegos, y en su ejercicio social, hay mucho que podemos hacer para perfeccionarla, porque incluso, a veces, en nombre de “la democracia” los hombres hemos cometido algunas barbaridades históricas.

DESCARGAR:

https://portal.ine.mx/wp-content/uploads/2021/02/CDCD-24.pdf

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*