CONSTITUCIÓN POLÍTICA DE LOS ESTADOS UNIDOS MEXICANOS 1917. MANUSCRITO FACSIMILAR

CONSTITUCIÓN POLÍTICA DE LOS ESTADOS UNIDOS MEXICANOS 1917. MANUSCRITO FACSIMILAR

En México, los más importantes documentos fundacionales han cobrado vida gracias a movimientos revolucionarios que dieron paso a profundas transformaciones, y la Constitución de 1917 no fue la excepción. Al tener su origen en la Revolución Mexicana y continuar vigente al día de hoy, es fiel testigo de la Tercera y Cuarta Transformación de nuestro país, ambas gestadas desde abajo y provenientes de una estirpe desposeída que, pese a todo, se ha resistido a ser derrotada por el poder absoluto hasta hacer triunfar los ideales de libertad y justicia.

Los más altos anhelos e ideales de la sociedad tuvieron su principal manifestación a través del Poder Constituyente, que los plasmó en la Constitución de 1917, documento que declaró y estableció los principios políticos y jurídicos fundamentales que regirían la vida de nuestra Nación.

La voluntad soberana el pueblo decidió autodeterminarse políticamente a través de la Ley Fundamental y poner fin a la gesta revolucionaria para dar paso a una nueva realidad de libertades, prerrogativas, garantías y derechos que hicieran posible la justicia social bajo la tutela del Estado.

Al igual que Emiliano Zapata, muchos hombres y mujeres prefirieron morir de pie que vivir de rodillas en la opresión y en la precariedad económica, y fueron precisamente el grito de justicia social y la exigencia de equidad distributiva los que dieron validez a la Carta Magna durante sus procesos transformacionales.

El pueblo hizo valer su fuerza para incidir en el actuar del gobierno, dejando claro que es a partir de él y de su beneficio que se deben tomar las decisiones en el país. Desde entonces, siguiendo a Francisco I. Madero, ha privado la máxima de que “el poder público no puede tener otro origen ni otra base que la voluntad popular”, demostrando que las guerras ganadas desde la democracia son más significativas que las conseguidas en el campo de batalla.

Así, la democracia fue asumida como principio de legitimidad, y la soberanía popular como la única manera viable de organizar las corrientes políticas, para dar paso a la representación popular y construir una nueva realidad jurídica e institucional que permitiera, a su vez, organizar el poder público, de tal suerte que el Estado afirmara su superioridad, autonomía e independencia en cuestiones fundamentales, teniendo siempre como límite y fin último el bienestar del pueblo.

La Tercera Transformación, cristalizada en la Constitución de 1917, fue la consecuencia de las necesidades, aspiraciones, identidad y valores de las y los mexicanos. Equilibrar el Poder y evitar sus excesos fue una de las principales aspiraciones de la Norma Suprema, precisamente para no poner en riesgo su propia veracidad y pertinencia.

Construir un orden jurídico para edificar un régimen político que haga posible la igualdad y la libertad ha sido el acicate de la sociedad, tanto en 1917 como en 2018. Sin embargo, los sucesos del siglo XX marcaron a México a nivel estructural, y la actual realidad nacional dista mucho de la de hace cien años. Los cambios culturales, sociales, económicos y políticos que sufrió el país se debieron al acontecer de la historia y a los naturales procesos evolutivos. Empero, no todos fueron favorables para el desarrollo debido a la desviación en la forma de hacer política y de concebirla, la cual afectó negativamente a los mexicanos en tanto que su representación se vio mermada por los intereses de una élite. Fueron varios años en los que se dejó en último plano al pueblo dentro de las acciones gubernamentales, lo cual provocó las desigualdades y grave crisis que persisten hasta nuestros días.

Tenemos, es verdad, una Constitución vigente y viva, que no ha roto con sus orígenes a pesar de sus 238 reformas y de la insistencia férrea de los gobernantes y políticos pragmáticos que se obstinaron en colocarse por encima de su veto y mandato, incluso pretendiendo poner en tela de juicio la autenticidad de la representación originaria para desmantelar el sistema constitucional que tanto esfuerzo y sangre le ha significado al país.

Afortunadamente, el vigor de nuestra Norma Suprema y el espíritu del Constituyente que habitan aún en ella impidieron que los modernos usurpadores suprimieran de tajo sus valores y principios. Y es que la propia Norma ordena cuál ha de ser el procedimiento y los límites para reformarla, blindándola de aquellos que en oscuros momentos de la historia contemporánea han intentado dar rienda suelta a la permisividad económica, jurídica y política para hacer del país un prisionero de la inestabilidad y el neoliberalismo más descarnado.

Es por eso que, a 102 años de haberse proclamado la Constitución, la voluntad del pueblo validó la

Cuarta Transformación, otorgándole facultades de Constituyente Permanente para impulsar cambios profundos que permitan superar tanto las contradicciones de las que ha sido objeto el Texto Supremo como los desvíos impuestos en el rumbo de México. De ahí que, en esta Transformación, las y los legisladores tenemos el deber de salvaguardar y restaurar los principios, valores e ideales consagrados en la Constitución, así como de elevar a su rango los nuevos, emanados de la sociedad actual, para terminar con las antiguas y turbias prácticas que permearon en el país.

Esta edición facsímil del manuscrito de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917 habrá de convertirse en el llamado de la historia que nos anime a tener siempre presente que el “pueblo es el que manda” y que sólo él puede otorgar, revocar y legitimar el poder público. Por ello, hay que propiciar todos y cada uno de los mecanismos de participación ciudadana, abriendo camino libre a la democracia participativa para devolverle a los mexicanos lo que genuinamente les pertenece y sustituir el malentendido principio de economía por el de austeridad republicana en los tres órdenes y niveles de gobierno. Es una oportunidad para hacer memoria y confirmar que esta Transformación debe resultar en un renovado y vigoroso pacto social y federal que consolide la Cuarta República para asegurar el bienestar y la felicidad del pueblo de México.

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http://biblioteca.diputados.gob.mx/janium/bv/ce/lxiv/constpol_eum_nianio12feb19.pdf

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