EN LA TRIBUNA PARLAMENTARIA (1911-1913)

EN LA TRIBUNA PARLAMENTARIA (1911-1913)

A esas protestas que saludan mi arribo a esta tribuna, les demando una tregua; a los odios de mis adversarios que llamean en sus ojos guerra fratricida, les pido un armisticio. Los momentos son solemnes y trágicos en la vida de la patria; la Nación, como Mater Dolorosa, se ve amagada por los siete puñales del infortunio y de la muerte; y en estos momentos no es un derecho hablar, es un deber de todo mexicano. (Aplausos.)

Hace nueve años, desde las columnas de un periódico que abrió estrías de fuego en la conciencia nacional, defendía al actual Presidente de la República; en la postrimera campaña electoral, a cuyo desenlace asistimos perplejos, propugné por igual la fórmula más amplia y comprensiva.

Dentro de esta situación que arranca de mi propia vida, no pude permanecer indiferente y silencioso en la actual controversia, porque sería hacerme reo de apostasía, que la historia y los contemporáneos castigan con quemante e imborrable anatema. Desprendamos el problema que se discute, de las regiones siderales de la filosofía; abandonemos la academia y dentro de nuestra estructura e índole nacional, veamos cuál es la solución más útil y prolífi ca para el adelanto y bienestar de la República.

Hay en ciencias políticas una verdad averiguada y que tiene en los actuales momentos los pliegues rígidos e inmutables de un dogma, y es que no existen constituciones perfectas o imperfectas, bellas o deformes, sino constituciones adaptables e inadaptables, constituciones que tienen un perfecto funcionamiento orgánico social, o constituciones, como la nuestra, que sólo mantienen una existencia irrisoria y sarcástica en los textos donde se imprimen. (Voces: “¡No!, ¡no!”. Siseos.)

Dentro de los términos de este principio de biología política, examinemos la iniciativa del señor ingeniero Bulnes, prohijada por las comisiones ponentes. Bien sé que la opinión pública, clamorosa como una Euménide, con el empuje de una falange victoriosa, demanda la presente reforma; mas la opinión pública no ha sido índice infalible ni en arte, ni en ciencia, ni en moral.

San Pablo, Esquilo y Galileo son tristes y eternos testimonios de sus extravíos, y si en materias políticas goza justamente de mayor privanza, tampoco debe ser acatada servilmente, ni tampoco debe ser despreciada con orgullo, sino modelada y rectificada por los estadistas hacia una resultante de mejoramiento y bienestar; pero plegarse a ella con docilidades de mandria, es lo mismo que penetrar a las borrascas del océano bajo la dirección de un piloto que nunca hubiera cruzado ni una charca.

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http://biblioteca.diputados.gob.mx/janium/bv/lxiii/44_Jose_Maria_Lozano.pdf

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