NI PIDO NI DOY CUARTEL

NI PIDO NI DOY CUARTEL

LA REFORMA AGRARIA

La reforma de los procedimientos puestos en uso para explotar las tierras del país es una necesidad altamente imperiosa por lo urgente.

Hasta la fecha, como hemos visto en artículos anteriores, la rutina y el fanatismo son los déspotas de la misma: las bendiciones del cielo o la bestia humana que trabaja de sol a sol un jornal miserable, tales han sido desde la época colonial los miserables elementos de que han dispuesto los campos para producir las plantas que formaran el sustento del hombre y el de los auxiliares de éste, los animales domésticos.

Y para colmo de tanta miseria agrícola, todavía podemos añadir al jornalero nuestro, que sin aspiraciones, sin instrucción ninguna, embrutecido por el alcohol y el fanatismo religioso, aniquilado por el capataz y la tienda de raya, es incapaz por las razones apuntadas, de explotar debidamente los campos: vedlo trabajar de crepúsculo a crepúsculo, dirigiendo el arado primitivo que arrastran los bueyes uncidos; vedlo sembrar personalmente las semillas, vedlo sudar, agobiado por la enorme fatiga, vedlo retirarse a la caída de la tarde cantando el lúgubre

alabado y se entristecerá sobremanera al considerar que la agricultura que debiera ser ya una industria en México diste mucho todavía de serlo, porque el agricultor nuestro apenas si merece tal nombre, carente como lo está de toda noción de progreso y hasta de la misma dignidad humana.

¿Cómo es posible, por otra parte, que las haciendas del país, donde las escuelas rara vez se conocen porque los hacendados consideran como esclavos a sus peones, cómo es posible —repetimos— que haya progreso agrícola con hacendados tan ignorantes, tan inciviles, tan rutineros y tan infames?

¿De qué manera se puede regenerar una raza que trabaja en las faenas del campo desde la más tierna infancia, porque el jornal escaso del jefe del hogar no basta para satisfacer las más urgentes necesidades de la vida?

¿No se degenera más la raza embruteciéndola con el alcohol que en cantidades fabulosas venden los hacendados a los peones para poderles mermar todavía aún más el exiguo salario que estos disfrutaban?

¿Acaso no son la infames tiendas de raya el baluarte en el cual se ocultan mañosamente los robos cínicos que el hacendado hace al peón?

¿Quién de nosotros desconoce que los hacendados disponen de la vida de sus peones con toda libertad, con toda frescura, sin que las autoridades hagan otra cosa que multar a estos señores feudales por los numerosos asesinatos que perpetran en sus haciendas?

¿Qué nos dicen respecto a sus sufrimientos los pocos labriegos que toman del Valle Nacional de Quintana Roo o de Yucatán?

Nos revelan la absoluta miseria de los peones, esas chozas primitivas que forman las calpanerías de los ranchos y haciendas.

Si tenemos en cuenta, por lo mismo, las interpelaciones que anteceden, no podemos, no podemos permanecer indiferentes ante un problema tan serio, tan trascendental como es el que concierne a la reforma agraria.

Señalados los hechos reales del caso que nos ocupa, tenemos la obligación de indicar los remedios indispensables para salvar a nuestra nacionalidad de la amenaza que sobre ella cierne la poderosa nación norteamericana, amenaza que fatalmente se cumplirá si no ponemos todos los medios que estén a nuestro alcance para detenerla, mientras nuestros sucesores se apresten a destruirla.

Hay que insistir en estos puntos capitales:

1º Entregar el manejo de las haciendas a administradores científicos y competentes.

2º Dotar a las mismas de todos los útiles necesarios para el progreso demandado.

3º Crear escuelas rurales.

4º Introducir el uso de los abonos químicos en la explotación de las tierras y aprovechar particularmente los yacimientos de guano que existen en varias islas de las costas de la República.

5º Pagar un jornal más decoroso al agricultor.

6º Suprimir el alcoholismo en las haciendas, así como las tiendas de raya.

7º Respetar la dignidad de los labriegos.

8º Establecer premios para los peones que se distingan en el cumplimiento de sus deberes.

PAULINO  M ART ÍNE Z

9º Interesar a los mismos en las utilidades de las haciendas.

10º Abolir la esclavitud que en ellas existe, suprimiendo además el tormento y asesinato que allí cometen los patrones.

11º No tolerar la ingerencia del clero en las fincas rurales.

Si persistimos en irrigar el territorio de la República, en repartir las extensiones baldías del país, en atraer la emigración dando garantías amplísimas a los extranjeros que se nacionalicen mexicanos, si repoblamos los bosques y explotamos los que existen de un modo racional, si borramos el feudalismo agrario, entonces conseguiremos reformar la agricultura patria, que todavía está en pañales a pesar de los cuatrocientos años que está para transcurrir desde la época de la nefanda conquista española.

Hay que propagar en consecuencia estas ideas con tenacidad, con energía, con entusiasmo, tanto más cuanto que en materia agrícola estamos a merced completa del yanqui, quien en nuestra escasez de cereales y leguminosas nos inunda de trigo, de cebada, de centeno, etcétera.

Por dignidad, por patriotismo, por conservación de la raza, debemos sacudir el letargo en que yacemos, devolver a nuestro caro suelo las energías que ha perdido al criminal indiferentismo que nos abruma.

A la lucha, queridos compatriotas, y no olvidéis que la prosperidad de nuestros campos hoy yermos depende de lozanía de la República.

DESCARGAR:

http://biblioteca.diputados.gob.mx/janium/bv/md/LXII/ni_pido_ni_doy_cuartel.pdf

https://drive.google.com/file/d/1wROiXY2kXam6YLX1jrqIMmicQsbfSZAt/view?usp=sharing

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